De sobresalto en sobresalto, oiga. La política estatal está que se sale y no deja tiempo ni para respirar. Entre juicios, instrucciones e investigaciones y titulares en los medios de comunicación, uno ya no sabe a qué atenerse. Dadas las circunstancias, parece que en ese ámbito no queda nadie sin mácula en su expediente o, al menos, esa es la sensación que reina entre la ciudadanía, agobiada entre la infinidad de casos que se agolpan en la actualidad mediática. La situación ha llegado a un punto en el que los gurús mediáticos afines sin miramientos a las opciones políticas más recalcitrantes presentan un estado de salud preocupantes. Están demacrados, lívidos y con ojeras. Muchos de ellos presentan síntomas de estar en el preámbulo de un ictus o de algo peor. Y no es de extrañar, ya que tienen ración de sobra de escándalos, presuntas corrupciones y presuntas corruptelas, para hincar el diente con la inquina y el odio habituales, con la tensión por las nubes y el ánimo exaltado. Lógicamente, ese estado de hiperexcitación continua puede derivar en consecuencias sanitarias graves. Aunque, bien mirado, la realidad bien merece la pena un enfado mayúsculo con quienes deciden acceder a la vida política y se confunden de camino (presuntamente).