Tras muchos sinsabores acumulados esta temporada, el miércoles vivimos en Mendizorroza una de esas noches que quedan en la memoria. El templo albiazul, invadido en varias ocasiones este curso, celebró una comunión perfecta entre equipo y afición, que se alineó como jugador número 12 cuando más falta hacía. El botín de los tres puntos supuso un balón de oxígeno para afrontar las dos últimas cimas de la montaña rusa en la que se ha convertido esta liga para el Glorioso. Toca ahora trasladar la intensidad, concentración y capacidad de sufrimiento demostrada ante el campeón a casa de un Oviedo descendido pero no muerto y que tirará de orgullo ante los suyos. Y como siempre el Alavés no estará solo hoy en el Tartiere. En un nuevo ejemplo de fidelidad centenares de alavesistas acompañarán al equipo albiazul. Ojalá esos abnegados hinchas disfruten de una victoria vital y, por qué no, celebren la salvación si las matemáticas cuadran. Cada vez que el Alavés logra una victoria a domicilio pienso en quienes han viajado para animarle. Muchas veces se vienen de vació, con el dolor de la derrota y cientos de kilómetros de carretera por delante pero con la idea de organizar en cuanto puedan un nuevo desplazamiento. Por eso se merecen más que nadie vivir hoy una alegría y liberación que compartiremos miles de alavesistas desde la distancia. A por ello.
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