Cualquier cosa me parece verosímil ya. La incidencia de la IA en el mundo audiovisual ha sido capaz de socializar contenidos que, por fuerza, son imposibles, pero que aún y todo, tienen toda la pinta de ser realidad. Y así se presentan. Si uno se da una vuelta por las principales redes sociales, puede toparse con vídeos de una trucha caminando por la calle Dato ataviada con un abrigo a la moda o ver cómo nace de un huevo un gatito de lo más dulce. Pero, independientemente de la creatividad desmedida de la herramienta y de quien la gestiona, lo que verdaderamente me llama la atención es el volumen de tiempo libre que tiene el personal que se dedica a inundar el ciberespacio con este tipo de creatividades. Es cierto que la Inteligencia Artificial es un avance llamado a ser paradigmático en la historia de la Humanidad, una suerte de punto de inflexión que llega para establecer un antes y un después, pero no es menos cierto que, aún siendo así, y teniendo en cuenta las potencialidades de las IA, cada uno de los contenidos que llegan al gran público requiere de un empeño especial, con reflexión, estrategia y recorrido propios, que al que escribe y suscribe estas líneas le parecen desmesurados, sobre todo, porque acostumbro a no tener tiempo casi ni para respirar.