Imagine el lector a una representante de una comunidad francesa llegando a Madrid para rendir homenaje a Napoleón. Alquila un espacio chulo, convoca empresarios y medios, y defiende que la invasión de 1808 no debe juzgarse con rencor, sino como aportación a la modernidad española. Francia trajo leyes e ideas ilustradas, diría. Para rematar, un productor musical anuncia Pepe Botella, historia luminosa de un rey incomprendido. La escena sería ridícula si no se pareciera tanto a lo ocurrido en México, que no Méjico. Nadie en España la recibiría como un matiz historiográfico. Se oiría, bajo el discurso, ruido de bayonetas. Alguien recordaría los fusilamientos del 3 de mayo, Goya volvería a la conversación y la palabra “modernidad” olería a pólvora. El problema surge cuando una ocupación militar se empaqueta como excursión civilizadora.
No se trata de igualar a Napoleón con Hernán Cortés, ni Madrid en 1808 con Tenochtitlan en 1521. El ejemplo sirve para comprobar cómo una nación convierte la herida ajena en patrimonio compartido y la propia en agravio. Cuando el dolor pertenece a otros, aparecen matices y palabras amables. Cuando toca en casa, la sensibilidad histórica se afina. Por eso el viaje de Ayuso a México interesa más como síntoma cultural que como bronca diplomática. Cortés y Malinche quedan en la vitrina amable del mestizaje. La conquista se vuelve capítulo sentimental. La evangelización aparece como deuda agradecida. Y el musical Malinche, de Nacho Cano, pone el fondo perfecto: la historia entra por el espectáculo y sale como decorado pop.
El mestizaje no es una mentira. Es un hecho histórico y cultural. La trampa consiste en usarlo como ambientador. Puede nombrar cruces, descendencias y lenguas compartidas. Pero no borra violencia, epidemias, jerarquías ni saqueos. Una palabra no limpia una espada. Cuando Ayuso dijo que habría que ser “muy zotes” para odiarse compartiendo apellidos, redujo la historia a una sobremesa familiar. Como si los apellidos fueran prueba de concordia y no también marca de imposición. Como si compartir lengua resolviera las condiciones en que se expandió. Como si la cultura fuera una mantelería para tapar la mesa donde se repartió el botín. Cortés no necesita absolución exprés ni una condena de cartón piedra. Necesita contexto. Lo pobre es usarlo como muñeco de ventrílocuo para decir lo que el presente quiere escuchar. La cultura sirve para abrir preguntas, no para entrar en otro país con respuestas prefabricadas. También puede convertirse en una coartada cuando se usa desde la soberbia y la incultura. Ahí empieza la temeridad: creer que una palabra amable, un musical vistoso o una apelación sentimental autorizan a pasar por encima de una memoria conflictiva. No se trata de prohibir la discusión sobre Cortés. Se trata de no confundir discusión con homenaje, complejidad con blanqueo, historia con atrezo. Cortés no volvió a México. Lo llevaron. Y no como problema histórico, sino como coartada cultural.