Abril ha dejado una moderación del Índice de Precios de Consumo (IPC), estabilizado en el 3,2% en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV) y el 3% en la Foral Navarra gracias esencialmente a la contención de la electricidad, pero el efecto puede desvanecerse de inmediato. La recuperación del IVA energético al 21% desde junio y la restauración del impuesto a la energía del 5% enciende de nuevo las alarmas sobre los bolsillos de los consumidores, evidenciando que el ciclo inflacionista está muy lejos de concluir. Hasta la fecha, el impacto positivo sobre esos bolsillos del denominado “escudo fiscal” en la luz y el gas ha atenuado costes, pero nació como una solución puramente coyuntural de emergencia que, por ortodoxia fiscal y equilibrio presupuestario, tenía que concluir. Sin embargo, el problema radica en la autocomplacencia. El factor referencial que ha dictado el fin de la ayuda –la bajada de precios en los mercados mayoristas– no equivale en absoluto a que la presión inflacionista esté verdaderamente controlada en la calle. Prueba de ello son los sectores más tensionados en precio y atenderlos permite calibrar el riesgo. En Euskadi, la hostelería mantiene aumentos de precios del 5,6%, y en Nafarroa el coste asociado a la vivienda roza el 4,8%. Si a estos sectores, que ya trasladan sus costes al cliente, se les encarece de nuevo la factura energética por el retorno a la fiscalidad ordinaria, cabe esperar un recorte crítico. Nada augura una contención estructural de los precios mientras la volatilidad internacional siga marcando el ritmo. El otro producto energético que verá incrementado su precio desde el mes próximo es el gas. En este caso, la estacionalidad podría ofrecer una falsa sensación de alivio porque el alza de temperaturas reducirá la demanda de calefacción, enmascarando el golpe tributario en las familias. Pero la industria no entiende de estaciones. El tejido productivo –vital para nuestra economía– no se beneficiará del calor estival; sus costes operativos volverán a verse afectados y el encarecimiento industrial acabará repercutiéndose en el precio final de los bienes. El fin de la anestesia fiscal demostrará que la inercia de los precios sigue latente sin que la actualización salarial ni la dinámica de mercado eviten un nuevo zarpazo a las economías domésticas y al sector productivo.
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