Por fin, ha acabado una semana en la que la rutina ha marcado todos y cada uno de sus días. No se lo van a creer, pero he agradecido cada una de las jornadas laborales, de lunes a viernes, ambas incluidas, en las que he tenido que desdoblarme para llegar a cumplimentar los estándares más rigurosos que se me han exigido en las facetas familiar, parental, laboral y humana. Ha sido agotador, pero menos traumático que soportar un calendario con semanas festivas y vacacionales por doquier, que aparecían como los perretxikos en primavera, que han requerido de paciencia infinita, de una libreta para apuntar un sinfín de planes infantiles para satisfacer las necesidades de mi descendencia huérfana de horarios lectivos y de hacer cábalas para ver cómo compensar tantos días de asueto para poder conciliar. En fin, supongo que mis quejas van a caer en saco roto y que el problema al que se enfrentan las familias para compaginar sus obligaciones laborales con los calendarios escolares y todas sus imposiciones se volverá a repetir en cada uno de los puentes y periodos vacacionales extras marcados en el almanaque. Yo, por si acaso, volveré a patalear en este espacio literario para que quede constancia de mi hartazgo (que será pronto). Al tiempo.
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