Ay, qué desazón. Acabo de escuchar las burlas, chanzas, risas y comentarios maliciosos surgidos en una audiencia a la que Donald Trump aseguraba socarronamente que la caída del actual régimen cubano era cosa de un chasquido de dedos para la potencia norteamericana. He tenido que escuchar el corte de sonido completo varias veces para comprobar que no se trataba de un ejercicio de stand up, ni una suerte de reedición de El club de la comedia, con un cómico dirigiéndose a la platea con teatral predisposición. Se trataba, en efecto, del presidente de EEUU ante un público presuntamente cualificado intelectualmente y conocedor de las normas de la educación y del saber estar. Sin embargo, y llegados a este punto, parece evidente que la degeneración de las normas que deberían guiar la democracia, el multilateralismo y la diplomacia ha llegado a un punto en el que ya no se puede dar marcha atrás. La política y muchos políticos se comportan como un espectáculo y como humoristas, respectivamente, pero de los malos, de los que tienen poca o ninguna gracia. Hace años, el grupo Golpes bajos se adelantó a todo esto en una de sus canciones más populares de su singular discografía: desde luego, estos son malos tiempos para la lírica. Sobran más palabras.