Un pingüino rey camina por el hielo. Se dirige a las montañas. En el interior del continente no hay comida ni refugio para él. Werner Herzog se pregunta por qué lo hace, si es posible que se haya vuelto loco. Un científico le responde que se ha desorientado y que, aunque lo rescatase, se daría la vuelta para retomar la marcha hacia su muerte segura. Este momento de Encuentros en el Fin del Mundo (2007) se conoce como el pingüino nihilista porque tiene su gracia pensar que, en vez de haberse desorientado y ya está, el animal decidió suicidarse. Por eso es tan radicalmente estúpido como deprimente ver que el Departamento de Seguridad Ciudadana de los EEUU y sus afines abrazan la imagen. “Los americanos siempre han sabido por qué”, dice su post. Se refieren al espíritu del pionero, de quienes están dispuestos a escoger el camino solitario para llegar a la grandeza, pero quienes conseguirán algo de provecho serán precisamente los pingüinos que se mantienen juntos para cazar. Los líderes del mundo son nihilistas que ni siquiera saben que lo son porque son incapaces de ver algo más allá de su futuro inmediato y, si lo pueden hacer, les da igual. Viven en una fantasía de venganza permanente porque adonde van –y pretenden llevarnos– no hay nada.