Capítulo uno

COMILLAS – MADRID 1882

El cuerpo de la hermana de la señora Stuart, atado de manos con dos nudos de ocho, flotaba a diez metros de la orilla de la playa de Comillas, a la altura de la caseta de baños preparada para el rey Alfonso XII. Las gaviotas revoloteaban alrededor de la joven Sarah Stuart y las olas, suaves y aún adormecidas, la acunaban en una danza fúnebre.

Acababa de terminar el primer oficio religioso de San Cristóbal y no se hablaba de otra cosa que de la inminente visita del monarca, invitado por don Antonio López y López, primer marqués de Comillas. Recibir a un rey otorgaba a Comillas la misma categoría que a San Sebastián o Biarritz.

La portada. Elkar

Las mujeres recogían las hogazas del domingo y los hombres se preparaban para jugar unos bolos contagiados de idéntico entusiasmo. Nada hacía presagiar la desgracia hasta que Felisa, la panadera del Corro Campío, vio llegar a dos agentes uniformados con la inquietud en los labios.

—¿Pasó por aquí alguien de la familia Riva? — quiso saber uno de ellos.

—Déjeme hablar con mi hija — contestó Felisa.

La mujer corrió a la trastienda del despacho de pan y ultramarinos y, con la voz embarrada de agitación, preguntó a su hija:

—¿Viste a Madalena Riva o a su prima Soto?

—Aquí no entró ninguna de las dos, madre. Pero vi a Soto a la salida de la iglesia.

—¿Hablaste con ella?

—Nos dimos los buenos días.

—¿Dijo adónde iba?

—No lo dijo.

—¿No dijo si volvía a su casa?

—Le digo que apenas hablamos, madre — insistió la hija de la panadera, enfrascada como estaba en colocar los sacos de grano.

SOBRE LA AUTORA

Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) es periodista, licenciada por la Universidad San Pablo CEU de Madrid. Ha trabajado en CNN+ y Noticias Cuatro, y fue corresponsal parlamentaria de Informativos Telecinco desde 2008 hasta 2018. Entre 2018 y 2022 presentó distintos formatos televisivos en Mediaset, como Ya es mediodía o Ya son las ocho. Desde octubre de 2022 está al frente del magacín Y ahora Sonsoles en Antena 3.

Es autora de las novelas Calle Habana, esquina Obispo; Donde Dios no estuvo; Encuentros en Bonaval; Nosotras que lo quisimos todo; Después del amor (Premio de Novela Fernando Lara 2017) y Mil besos prohibidos. Su anterior novela, Las hijas de la criada, fue galardonada con el Premio Planeta 2023.

Felisa volvió al mostrador, donde las señoras devoraban el rumor que ya se había extendido como enfermedad mala. Trató de controlar el inoportuno temblor de párpados que siempre delataba su nerviosismo.

—No, señores — respondió la panadera—. Mi hija solo vio salir de la iglesia a Soto. ¿Qué pasó, pues, para tanta urgencia?

Resultaba raro en ella que no supiera nada porque era la primera en enterarse de los chismes de la villa. Pero aquel día Felisa ignoraba el suceso que recorrería hasta el último de sus rincones y llegaría a Madrid, a la mismísima corte del soberano.

—El cuerpo de la hermana de la señora Stuart ha aparecido flotando en la playa — susurró una de las clientas de Felisa para el ribete de su abrigo.

—¿Sarah? — preguntó otra con sorpresa—. ¿La que acaba de llegar de Inglaterra?

—La misma — contestó la primera.

—¡Madre mía! — exclamó una tercera mujer.

En eso, Soto entró en la panadería con varias monedas que sonaban entre sus dedos. Vestía de día de guardar, traje de terciopelo y un sombrerito de fieltro que cubría su melena recogida a la altura del cuello.

—¡Soto! — exclamó Felisa abalanzándose sobre ella—. Estos señores te están buscando.

—¿A mí? — se extrañó la joven.

—¡Vamos! ¡Al despacho del comisario! — se apresuró a decir uno de los uniformados.

La agarraron por el codo y se la llevaron sin mediar palabra. No tuvo tiempo ni de rechistar.

La ficha

  • Título: Llevará tu nombre
  • Autora: Sonsoles Ónega
  • Género: Novela
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 488

Capítulo dos

El bueno del comisario Manuel Roda era temido por sus malas maneras. Nadie se metía en líos por miedo a verse delante de sus barbas ralas, sus ojos pequeños y desviados, y su nariz desproporcionada, sobre la que reposaban unos anteojos que, de cuando en cuando, utilizaba para leer los informes de los vagos y maleantes que deambulaban por Comillas. Eran pocos y por todos conocidos.

Nada más verla, Roda analizó a Soto. La miró varias veces de arriba abajo sin decir nada hasta que le ordenó sentarse.

—Ahí.

Señaló una silla con la barbilla, carraspeó varias veces y siguió escudriñándola unos minutos más hasta que, por fin, empezó a hablar.

—Soto, Soto — dijo repasando la ficha y relamiendo las palabras—. Prima carnal de Madalena Riva Fernández. Sobrina, por tanto, de don Santiago María Riva de Bartolomé. ¿Es así?

A pesar de conocer la respuesta, el comisario siguió a rajatabla el protocolo del interrogatorio.

—Así es, señor.

—Llámame comisario Roda, jovencita.

—Así es, comisario Roda — repitió Soto.

—¿Dónde está tu prima?

—Debe de estar en su casa, digo yo...

—¿Cuándo la viste por última vez? ¿Quizá anoche? — Volvió a carraspear—. ¿Dónde estuvisteis anoche?

—Yo estuve con mi madre. No se encontraba bien. La ayudé con la cena.

—Tu madre, Edelmira Fernández... — Aunque la conocía de sobra, recalcó su nombre—. ¿No saliste para nada después de cenar con ella?

—Luego salí, sí, comisario — confesó ella.

El hombre tosió otra vez y una flema le brotó hasta la boca. Sacó un pañuelo de paño blanco del pantalón y la escupió. Soto se revolvió en la silla.

—¿Saliste sola?

—No — admitió la joven—. Salí con mi prima Mada.

—¿Y qué hicisteis? ¿Voy a tener que sacarte las palabras con sacacorchos? Estuvisteis en la playa con los marineros, ¿no es así?

—Apenas media hora.

—¡Pero estuvisteis las dos! — exclamó con impaciencia—. ¿A qué hora volvisteis a casa?

—Yo volví de madrugada — dijo Soto con voz de vergüenza.

—¿Sola? ¿Y tu prima?

—Nos separamos, imagino que se iría a casa.

—¿Y te dejó sola? — rugió el comisario.

—Sola no. Me quedé con un marinero.

—¿Con Andresito Peláez?

—No, con él, no. Con otro marinero de su barco. No miento, se lo juro.

—No mientes, no. Coincide con lo que nos ha dicho Andresito Peláez. Te vio irte con otro. A quien no vio irse de la playa, la escena del crimen, fue a tu prima.

Un escalofrío le recorrió a Soto todo el cuerpo.

—Pero, comisario, ¿crimen? ¿Qué crimen?

—¿Conoces a la señora Jane Stuart? — siguió Roda con el interrogatorio, ignorando las preguntas de la joven.

—¡Claro! — exclamó ella—. Jane es la madrastra de mi prima Mada.

—Por todos apreciada en esta ilustre villa de Comillas.

—No sé si por todos... — susurró Soto para sus adentros conteniendo las palabras antes de ser pronunciadas.

—¡No se merece este sufrimiento! — bramó el comisario ante el asombro de Soto, que no entendía a qué venía ese lamento—. ¡Nadie se merece lo que han hecho con su hermana, Sarah!

—¿Y qué le han hecho, comisario? Perdóneme, pero no sé de qué me habla.

En ese instante, uno de los guardias que había dirigido a Soto hasta el despacho del comisario entró sin llamar a la puerta, una mala costumbre que no conseguía corregir pese a las reprimendas de Roda. Parecía ansioso por trasladar la noticia.

—¡Comisario Roda! La hermana de la señora Jane Stuart presenta un golpe fuerte en la cabeza.

—¿Podemos confirmar que fue eso lo que la mató?

—Sí, señor. Murió de la contusión — contestó el hombre.

—¿Con qué la golpearon?

—Quizá con una piedra. El asesino debe de ser alguien muy fuerte.

—O asesina. Con los datos que tenemos, el crimen ha podido cometerlo una mujer. No sabe hasta dónde puede llegar la maldad femenina — añadió Roda.

—No lo dudo, no lo dudo — dijo dos veces el guardia antes de seguir informando a su superior—. Pero en la playa no hemos encontrado nada.

—Es decir — recapituló Roda—, que de momento solo tenemos la declaración del marinero Andresito Peláez.

— El comisario repasó los papeles de la declaración—. Vayamos punto por punto. Relata haber visto a las primas Riva en la playa con un grupo de marineros. Después el grupo se dispersó. Soto se marchó con uno de ellos y a Mada no volvió a verla. Pero cuando él abandonó la playa, le sorprendió que una mujer merodeara cerca de la orilla, apenas unos segundos después de que la pobre Sarah Stuart profiriera el grito de dolor que antecedió a su muerte. Una mujer cuya descripción física, curiosamente, responde a la de Mada Riva.

—Es correcto, comisario — volvió a asentir el subordinado de Roda con la cabeza.

La revelación dejó helada a Soto. Pero ¿qué está diciendo este hombre?, se preguntó en voz baja. Repasó la secuencia de la noche en su cabeza. En efecto, ella estuvo en la playa con los marineros, pero no oyó esos gritos a los que se referían el comisario y el marinero Andresito Peláez, conocido por sus borracheras. Su prima la había acompañado, pero apenas estuvieron juntas media hora porque Mada estaba nerviosa y enseguida se arrepintió de haber incumplido la prohibición expresa de salir de noche.

«Es verano, Mada, y no vamos a hacer nada malo. Te presentaré a mis amigos. ¡Lo pasaremos bien!», la provocó Soto.

Y Mada cayó en la tentación. En cuanto terminaron las cenas, se escabulló del comedor, se encerró en su habitación y saltó a los jardines con la ayuda de Soto, que, tal y como convinieron, estaba esperándola.

«¡Como no pueda entrar, mi padre me mata!», dijo Mada con preocupación.

«Entras por las cocinas, tonta. Tu padre ya estará durmiendo».

Las palabras retumbaban ahora en la cabeza de Soto. ¿Por qué la engatusaría?

—¿Dónde está el cuerpo? — preguntó el comisario al guardia.

La pregunta despejó a la joven y la sacó de cuajo de sus pensamientos.

—Están lavándolo para velarlo en la residencia de don Santiago Riva. El alcalde ya ha informado a la familia. La señora Jane Stuart ha acudido a identificarla y ha querido denunciar expresamente el robo de las joyas que llevaba su hermana; a saber: unos pendientes de brillantes y una pulsera de oro macizo, regalo de su madre. Quien la haya asesinado se lo ha llevado todo.

—¿Han podido interrogar a la señora Stuart? — quiso saber Roda.

—Solo hemos podido hablar con ella en ese trámite, comisario. No tiene fuerzas ni para hablar, pero sí ha insistido en ese detalle de las joyas que puede resultar sumamente valioso. Le hemos ofrecido nuestras condolencias y nos hemos puesto a su disposición.

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—Han hecho bien, muy bien — alabó el comisario.

—Está descompuesta. ¡Imagínese! Qué manera de morir.