El otro día se me ocurrió poner en duda la eficacia de las políticas de escaparate en los municipios. Les confieso que entonces no lo tenía nada claro. Ahora, sin embargo, creo que soy un nuevo converso, al menos, en lo teórico. Me refiero a la querencia de las ciudades en gastarse los dineros públicos en luces y adornos de Navidad, por ejemplo. En el momento del debate, yo confesé que, en ocasiones, el chirigoteo de los mentideros atiende a razones que parecen de perogrullo. Sin embargo, en esta época en la que se han glorificado y casi estipulado institucionalmente en determinados ámbitos las mentiras de manual, las mentirijillas piadosas, falsedades groseras y falacias del tamaño de un piano, hay que tener cuidado con lo que se quiere creer, no sea que, aparte de huir de la veracidad, se quiera abrazar la demagogia pura y dura. Cada vez con más intensidad y frecuencia, proliferan discursos nacidos en púlpitos de carácter público que, aparentemente, son susceptibles de alcanzar el rango de la verosimilitud pero que, rascando un poco la superficie, no alcanzan ni para superar primero de detector de mentiras de la señorita Pepis. En fin, supongo que, como dice aquella canción de Golpes Bajos, estos son malos tiempos para la lírica.