Contaba de manera pública no hace mucho Janet Novás, Premio Nacional de Danza y Goya a la mejor actriz revelación, cómo el hecho de quedarse embarazada a los 45 años le estaba suponiendo perder contratos laborales a nivel internacional. Es solo un ejemplo más de una situación bien conocida en el sector cultural. A la precariedad laboral habitual se suman situaciones como esta, donde la conciliación entre lo profesional y lo personal parece imposible. Pero hay excepciones, como lo están comprobando desde la compañía alavesa Altraste Danza.
Ahora mismo, la bailarina y cofundadora del grupo, Zuriñe Benavente, se encuentra en México como parte del trabajo que viene desarrollando en los últimos meses junto a Tino Sehgal –León de Oro al mejor artista en la Bienal de Venecia– y su equipo, un camino que ha pasado ya por Países Bajos y que dentro de nada seguirá por Corea del Sur. Todo mientras aquí siguen su pareja, el artista sonoro y compositor Ignacio Monterrubio, y sus dos hijos de 3 y 5 años. Eso sí, gracias al creador londinense están teniendo oportunidades de encontrarse y hacer que esa mencionada conciliación sea real.
‘Códigos de conducta’
“El sector cultural presume de ser avanzado, pero a menudo se queda atrás en logística humana”, apunta Benavente. “Las instituciones, como el Instituto Vasco Etxepare, podrían ser pioneras incluyendo en sus ayudas de movilidad partidas para cuidadores o gastos de viaje para la pareja en periodos de lactancia y de cuidado de niños pequeños. Son códigos de conducta que cambiarían el juego”.
“El ejemplo de Tino es inspirador: cuando varias artistas de su equipo se quedaron embarazadas, en lugar de apartarlas, creó una pieza donde los bebés y las madres eran protagonistas. Eso es verdadera vanguardia. Entre el apoyo radical y el despido por maternidad hay un abismo que el sector debe aprender a cruzar. La precariedad no puede ser la excusa para no cuidar la vida”, explica la intérprete, quien participó con su hijo Luka en la citada experiencia cuando se llevó a cabo en el Centro Botín (Santander).
“El equipo de Tino se ha volcado de nuevo ahora para que pudiéramos estar juntos. No solo nos facilitaron alojamientos adecuados para una familia con niños pequeños, sino que cuidaron los detalles emocionales” como pasar las navidades en Países Bajos “en una casa decorada para que los niños se sintieran en su hogar”. Hay una voluntad de cuidado mutuo.
“Como madre, la decisión nunca es simple, pero elijo vivirlo desde la presencia. Cuando estoy con mis hijos, estoy al 100%; cuando trabajo, doy mi máximo sabiendo que están con su aitatxo en un entorno de amor absoluto. No somos perfectas, pero gestionamos la distancia aprendiendo cada día, aceptando que nos echamos de menos pero que este crecimiento también es un regalo para ellos” describe.
Monterrubio, por su parte, explica que “para mí, el reto no ha sido la paternidad en solitario, sino la reestructuración de nuestro ecosistema profesional. He tenido que aprender a decidir de forma más autónoma y a proteger los tiempos de descanso familiar. Curiosamente, este vacío me ha permitido recuperar espacios creativos propios, como la música electroacústica y la experimentación, que tenía aparcados”.
Desde varios países
Tras aquella primera experiencia en con Sehgal en Santander, “la relación ha crecido de forma natural”. Tras trabajar en 2024 en la Fundación Beyeler y Art Basel con This Joy, en 2025 Benavente ha estado en el Museo Abby (Bélgica) y apoyando al equipo en De Pont (Holanda), a lo que se ha unido que “Tino ha confiado en mí para proyectos de gran envergadura fuera de Europa” como está pasando en el Museo MAZ en Guadalajara (México) y el Leeum Museum of Art en Seúl. “Esto supone pasar de ser intérprete a asumir una responsabilidad artística mayor, transmitiendo su lenguaje y trabajando con equipos en contextos culturales muy diversos”.
Como explica la bailarina, “trabajar con Tino Sehgal es habitar un tiempo y un espacio distintos. Frente a la inmediatez del mundo actual, Tino propone procesos largos donde ves crecer la obra día a día”. Todo suma, también al camino propio. “Estoy aprendiendo a mirar la danza desde el prisma de las artes visuales, no solo desde las escénicas. Es una relación con el espacio mucho más abierta y honesta. Y lo más valioso es el factor humano; estar conectada con la élite de la danza contemporánea mundial desde nuestro pequeño pueblo es un privilegio que compensa con creces los días de maleta y distancia”.