Críticas de cine

Física y química

10.09.2021 | 00:29
La fisicidad brutal del cuerpo de Julia Fory, culturista en la vida real, preside esta incursión aparentemente sencilla pero llena de interrogantes sobre la condición femenina.

PEARL

Dirección y guion: Elsa Amiel. Intérpretes: Julia Fory, Peter Mullan, Mathieu Amalric, Arieh Worthalter. País: Francia. 2018. Duración: 82 minutos.

Elsa Amiel formaliza esta extraña incursión en el mundo del culturismo profesional apoyada en dos columnas, en dos géneros entre sí antagónicos pero que, a veces, si se perfilan bien, se fusionan con destreza. Solo en esos casos excepcionales, esos opuestos maridan hasta lograr un extraño equilibrio. Esos modelos son los que desde el origen del cinematógrafo han condicionado su existencia: el cine de ficción y el de no ficción. El que reconstruye la vida y el que intenta fotografiarla. Lo real y la simulación de su existencia.

Eso lo representan sus dos principales intérpretes: Peter Mullan, un consumado actor (y director) al que tanto debe el cine británico, y Julia Fory, una culturista sin ninguna experiencia cinematográfica. Mullan encarna a un entrenador, un antiguo profesional cuyas heridas del pasado resultan perceptibles en una evidente cojera y en su sed insaciable de victorias a través de las criaturas que modela. Es un sargento de hierro que forja campeonas a golpe de física y química. Les machaca el cuerpo por fuera con sesiones interminables de entrenamientos extremos. Al mismo tiempo, cincela su piel desde dentro, con alquimia de dudosa legalidad y daños colaterales de difícil mensura. Es un escultor de campeonas y las mujeres que se ponen en sus manos lo saben; y si lo olvidan, él se lo recuerda.

Julia Fory, la culturista que lucha por subir al podio, transmite autenticidad a raudales con un cuerpo que desafía las leyes de la ética y de la estética. Su musculatura la convierte en un monstruo, en un aviso de los dioses si atendemos a su origen romano, ante cuya evidencia, el espectador se sobrecoge enfrentándose a un deseo ambivalente. Atrae y repele, estremece e inquieta. Si su cuerpo muestra verdad, el relato con el que se da identidad a su personaje, su confrontación a un hijo abandonado y un marido para el que no guarda ningún afecto, ensombrece más de la cuenta la verosimilitud de su argumento.

Elsa Amiel, forjada al principio como actriz, posteriormente como asistente de dirección de pesos pesados como Bertrand Bonello, Noémie Lvovsky y Mathieu Amalric, debuta con una temática especial, el cuerpo femenino. Su leit motiv gira en torno a un mundo muy especial donde la exaltación del cuerpo femenino implica por otra parte una cierta negación de los estereotipos. El culturismo femenino es observado con mirada entomológica; la cámara roza la piel, la piel se hace territorio y el sufrimiento y la soledad de Léa Pearl se impregnan de una descomunal indefensión. Pearl ha llevado su cuerpo al borde de lo tolerable. Lucha contra su propio organismo y su organismo se resquebraja.

Amiel configura toda su opera prima en procesos duales. Pearl frente a su entrenador, frente a su hijo, frente a su ex marido, frente a sus competidoras,... pero de manera especial, Pearl frente a sí misma. De un lado, la culturista; del otro, la madre que no quiso ser.

Hay una secuencia de potente fisicidad y enorme fuerza simbólica cuando Pearl, en plena crisis porque su mundo se derrumba, angustiada por la mirada de su hijo hambriento, pide un bistec. Ante la dificultad del niño para lidiar con tan descomunal trozo de carne, desgaja con su boca, jirón a jirón el filete para, como un pájaro, alimentar a su cría. Son destellos de lucidez de una directora que trata de resolver un dilema en el que se ha metido sin medir del todo las consecuencias. Buena conocedora de la realidad que muestra, los campeonatos de culturismo, donde los espacios se cubren de plásticos para evitar que se manchen las paredes, el filme vuela alto cuando el documental impone sus reglas, en ese mostrar lo que pasa.

Escenas como el desplome emocional de un gigante preso del llanto por agotamiento, o los flashes de la banalidad de una práctica brutal que deforma los cuerpos, aportan un excelente material para la reflexión. Cuando fabula con la maternidad y con la ficción, la película se edulcora.

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