Llevo varios días durmiendo en el sofá. Es un sofá cómodo, pese a su vejez, y se ha convertido en el lecho donde acunar mi sueño o mi insomnio, según la noche. Esta circunstancia no se debe a una crisis de pareja, ni a una manía de la edad. Qué va. Lo que pasa es que mis propios hijos, mis hijos de mi vida, carne de mis entrañas, como decían las madres de Amanece que no es poco, toditas las noches sin dejar ni una, me echan de mi cama sin piedad. Y, las cosas como son, sin enterarse tampoco, angelicos. La noche comienza bien, cada uno se mete a su cama y, al cabo de unos minutos, en el silencio de nuestra casa se cuelan las respiraciones acompasadas del primer sueño. En ese momento (si no lo he hecho ya, que todo puede ser), caigo como una lirona, incluso aunque a mi pareja le tenga atrapada la novela. Pero nunca falla: al cabo de un par de horas o tres, una niña o las dos recorren la escasa distancia desde su lecho hasta el nuestro para colarse entre nuestras sábanas en busca del calorcito. Y a mí no me importaría en absoluto si esa visita nocturna no empezara a convertirse en un ramillete de pataditas y manotazos que siempre van en mi dirección y que acaban en el inevitable y fastidioso desvele. Me pregunto en ese momento por qué no he hecho caso a la estadística, que habla por sí sola, y he sido tan inocente al pensar que esta noche no ocurriría. También por qué esta costumbre no está equilibrada entre una progenitora y otra y siempre soy yo la que acaba como sardinilla en lata y con el lomo magullado. Así que me levanto intentando no despertarlas, qué ironía, y me vengo a este sofá, lejos de mi nórdico, a enterrarme bajo una tonelada de mantas, que la cale está muy cara. Mientras escucho los ronquidos de mis tres amores en la otra habitación, me recuerdo que igual debería dejarme de gaitas, aceptar mi sitio y comprarme ya un edredón para esta, mi nueva cama.
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