Todos los currelas que solemos coger el malvado coche para ejercer nuestro bendito oficio en algún lugar de la Avenida Gasteiz, entre los que me incluía –reconozco que cada vez menos tras la llegada de la OTA–, acabamos de recibir el enésimo golpe bajo con la eliminación de numerosas plazas de aparcamiento en la arteria principal. Era algo sabido, pero no por ello deja de provocar sofocones. Encontrar algún hueco en el centro se ha convertido desde hace tiempo en un deporte extremo y no queda otra que tomarse la cosa con humor. Cada vez más y más ciclistas o patinetes eléctricos incumpliendo las normas y rozándote cuando vas plácidamente caminando por la acera, pero siempre el palo a los malos malísimos del volante por culpa de esta esquizofrenia para que no saquemos el coche del garaje. A los valientes que se atreven, deberían darles puntos por cada vuelta a la manzana, y una medalla si consiguen el objetivo final sin tener que invocar a todos los santos de la ciudad. Aparcar por estos lares es lo más parecido casi a jugar a la lotería: posiblemente sabes que no te va a tocar, pero ahí sigues, con esperanza y paciencia, en busca de ese hueco milagroso. A base de tantas caminatas desde Zabalgana, el consuelo es que uno se mantiene en forma.
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