Muchas veces, se cree que la piel tan solo se quema durante los meses de verano. Nada más lejos de la realidad: aunque en invierno el sol no caliente lo suficiente, el cuerpo queda expuesto de igual manera. Por no hablar de los efectos que el frío, el viento y la radiación ultravioleta pueden tener en el cutis.
Es más, hay varios factores que debilitan la barrera de la piel y favorecen la irritación, por lo que los meses más fríos del año pueden ser un riesgo más. Y lo que es peor: casi sin darnos cuenta, porque las quemaduras están más asociadas a los meses de verano.
Cuando el rostro arde sin explicación
Ante esta situación, la dermatóloga Ana Molina, una eminencia en este campo, habla de este fenómeno, conocido popularmente como ‘windburn’. En sus palabras, ocurre cuando la piel no está lo suficientemente protegida ante el frío y el viento.
Se podría describir como una irritación cutánea: la superficie se daña y el cutis reacciona como si hubiera sufrido una quemadura leve. El viento arrastra la hidratación natural y el frío reduce el flujo de la sangre, dando como resultado una piel roja y sensible.
¿Cómo actúan el frío y el viento?
Según explica Ana Molina, las bajas temperaturas debilitan el sebo, la protección natural del cuerpo, mientras que el viento evapora el agua. Este proceso, unido a exfoliantes y retinoides mal empleados, la piel pierde su “coraza” o “armadura”.
En ciertos casos, puede ocurrir que la irritación sea tal que hasta una crema común puede escocer. Una consecuencia de haber alterado la barrera natural del cutis y haber debilitado sus defensas.
El "modo rescate"
La dermatóloga recomienda utilizar una técnica conocida como “modo rescate”. Consiste en empezar usando un limpiador suave que no quite los lípidos esenciales, para después regenerar la función barrera con hidratantes que lleven ingredientes calmantes.
No obstante, el producto estrella que Ana Molina aconseja es la vaselina. A diferencia de lo que se cree, no bloquea los poros ni engrasa la piel: su función es crear una capa que reduce la pérdida de agua y cubre frente al viento y el frío.
Si se aplica una película fina en las zonas más sensibles al sol, como pueden ser las mejillas, la nariz y los labios, sirve como un escudo muy eficaz para no sufrir quemaduras en los días más soleados de estos meses de frío.
El sol de invierno, un enemigo silencioso
Por otro lado, Ana Molina señala que el protector solar no hay que perderlo de vista. A pesar de que el sol no calienta en exceso durante estos días, conviene recordar que la radiación ultravioleta sigue estando más presente que nunca.
Cuando las nubes filtran aparte de esos ratos de sol, se juntan con el frío y el viento, por lo que pueden generar una sensación de quemazón que puede sentirse por todo el cuerpo.
Por lo tanto, el invierno es una época en la que también hay que brillar el estado de la piel. Todo se basa en elegir una rutina efectiva, reforzar la protección de la piel y cubrir la cara antes de salir. Porque controlar los pequeños detalles marcan la diferencia, y más cuando se trata de autocuidado.