lA decisión de cancelar el festival de fotografía Periscopio le dolió por partida doble. Primero como fotoperiodista, después como gasteiztarra. "Yo, que frecuento el ejercicio de no tener los pies en el suelo, llegué a soñar con convertir a Vitoria en un referente del fotoperiodismo. Lo malo de estar en las nubes es que siempre llega alguien y te da un sopapo", confesaba sincero en su blog sobre el extinto certamen, eliminado por los recortes municipales en 2012. Periscopio había propiciado las dos primeras exposiciones en solitario de su obra. En 2010, las paredes del café Abisinia, en la calle Kutxa, mostraban la revuelta mexicana tras las polémicas -fraudulentas, de hecho- elecciones presidenciales de las que Felipe Calderón emergió como presidente de la nación. Borja viajó a México como turista, pero regresó como fotoperiodista. Era el año 2006. Tenía 26 años y una conciencia social golpeada por la desigualdad, la injusticia y el deseo de plasmar en imágenes los rincones olvidados.
Más tarde, en 2011, los parroquianos habituales del bar Taberna, de la calle San Prudencio, pudieron deleitarse con las fotografías de una ceremonia budista a la que Borja asistió en Nepal. Sus dos primeras muestras en Gasteiz abrieron un camino al que siguieron tres conferencias, la publicación de un libro, dos premios de fotografía -en Costa Rica y Lituania- y una decena de exposiciones en ciudades como Madrid, Bruselas, Amsterdam o Budapest. Había hecho de la fotografía su pasión, pero sus ingresos llegaban por otro lado. Licenciado en Ingeniería Informática en la Universidad de Deusto, Luxemburgo había sido su hogar desde 2007 cuando, como tantos jóvenes ahora, dejó su ciudad natal para trabajar en la firma tecnológica Sogeti. Atrás quedaban sus amigos, sus compañeros del colegio San Prudencio, las carreras populares que disputaba a veces con la camiseta del Alavés y los partidos del Baskonia.
Así, compaginando la programación con la fotografía, Borja Lázaro recorría el mundo en sus vacaciones en busca de un instante que plasmar. Era una aventurero, pero no un inconsciente. Podía pasar unos días sin contactar con su familia cuando su viaje le adentraba en zonas de nula cobertura telefónica, pero siempre lo advertía antes a su novia. Siempre. Sin excepción. Por eso, cuando el 13 de enero su pareja, la periodista mexicana Danny Sánchez, acumulaba ya seis días sin tener noticias suyas, supo sin temor a equivocarse que algo no iba bien. Para esta profesora universitaria, como para toda la familia de Borja, el tiempo se detuvo la mañana del 8 de enero.
Hoy, un mes después de la desaparición de este alavés de 34 años, un muro de dudas e incertidumbre se levanta día a día alrededor de sus seres queridos, que a la distancia suman ahora el nulo goteo de información. "La Policía colombiana nos dice que la investigación sigue su curso pero que no pueden facilitarnos datos al respecto. Los días pasan y esto se hace muy duro", explica a este periódico Roberto Martínez, primo de Borja y portavoz familiar desde que el 23 de enero decidieran interponer una denuncia en la comisaría de la Ertzaintza en Lakua.
Fue entonces cuando el caso saltó a los medios de comunicación y, al mismo tiempo, impulsó su búsqueda por la Policía colombiana. Unos 350 agentes entre gaulas -miembros del Grupo Antisecuestro y Antiextorsión- y miembros del Ejército han recorrido durante este mes la práctica totalidad de las rancherías de la zona de La Guajira, la comunidad del norte de Colombia en la que se perdió el rastro de Borja. En septiembre había viajado por última vez a la capital alavesa para ver de nuevo a su madre, Ana María Herrero, su hermano y el resto de familiares y amigos. Después se tomó unos meses libres para recorrer México y Colombia, donde llegó el 11 de noviembre.
En la comunidad de Palomino conoció en diciembre al que semanas después habría de convertirse en la persona con la que compartió sus últimas horas antes de desaparecer, el joven alemán Lion Beharkremer. Borja partiría en solitario hacia Bogotá -o Bakatá, como a él le gustaba llamar a la capital de Colombia- pero no sin antes completar un primer viaje a un punto que días atrás le había dejado una profunda huella.
cronología "Vuelvo a ese lugar donde mi tiempo -y algo más de mí- quedó atrapado. A ese Cabo de la Vela donde existe energía nueva, diferente", escribía el 5 de enero sobre su regreso al poblado indígena de los Wayúu, donde el fotógrafo plasmó en unas instantáneas impecables el conocido como "ritual del hueso", una ceremonia en el que los Wayúu desentierran a los fallecidos ocho años atrás para liberar su alma y que ésta pueda partir en paz hacia Jaripa, el nombre que otorga al paraíso este poblado indígena matriarcal. Durante el ritual, a la mujer encargada de desenterrar y limpiar los huesos se le prohibe dormir la noche anterior porque, de hacerlo, los Wayúu creen que el fallecido se adueñará de su alma el resto de su vida. Borja quería volver al poblado porque había prometido a los indígenas revelar las fotografías y entregárselas como agradecimiento al permiso que le concedieron para fotografiar tan sagrada ceremonia. Con ese objetivo se trasladó desde Bogotá a la zona de Cabo de Vela, situada en el norte de La Guajira a pocos kilómetros de la frontera con Venezuela.
Utilizada habitualmente por los turistas como paradisiaco -y económico- lugar de descanso, la posada Pujuru está ubicada a escasos cincuenta metros de la playa. En épocas de temporada alta, como el mes pasado, su dueño, Andrés Felipe Romero, no guarda ningún registro de las personas que se hospedan en sus cabañas, donde los chinchorros sustituyen a las camas. La noche del 7 de enero, Borja, que había llegado el día anterior, compartió cabaña con unas diez personas. Cenó con Lion Beharkremer y otros turistas, y alrededor de las 22.30 horas, cuando el dueño apagó las luces para que los huéspedes pudieran dormir, el joven gasteiztarra salió del recinto con su amigo alemán, dos colombianos y tres chilenas. Beharkremer explicó a la Policía colombiana que, justo frente al hostal, dos hombres les ofrecieron una bebida "bastante fuerte y con alguna hierba" dentro de un coche. Pese a interrogar a todos los testigos que vieron a Borja aquella noche, la Policía aún no ha podido descubrir quiénes eran estas dos personas, más allá de que su vehículo era "color vinotinto", según explica el coronel de la Policía Nacional de Colombia Alejandro Calderón.
Borja y su amigo alemán habían bebido mucho. "Tomamos cerveza Polarcita (una cerveza venezolana), chirrinchi (un licor de los Wayúu), ron, aguardiente y pisco (vino)", recuerda Beharkremer. A las 4.00 horas acompañó al fotoperiodista alavés a la cabaña y le ayudó a acostarse en el chinchorro. Una hora después ya no estaba en la hamaca. El dueño de la posada cuenta que se había ido sin pagar y no le dio mucha importancia. Lion Beharkremer partió a la playa de Punta Gallinas sin él. Pensó que su amigo estaría cerca, sacando alguna fotografía.