Natural de Barbastro, a Sergio Samitier le recibieron como a un general romano que entraba en la ciudad victorioso, repleto de tesoros magníficos, saludando desde una cuadriga, a su paso por su pueblo natal, impreso en la hoja de ruta que desembocaba en un esprint en Zaragoza.

Aplanadas las montañas que fijaron las diatribas de Juan Ayuso, –un día de funeral, el siguiente de boda y con el divorcio del UAE en sus planes para anillarse al Lidl en un futuro cercano, se dejó 5:20 porque sí en el extrarradio de Zaragoza– Samitier se regaló un baño de multitudes con una fuga a ninguna parte en la víspera de su cumpleaños.

Encendió las velas en un paisaje seco, árido, hostil que los ciclistas apaciguaban con bolsas de hielos sobre la nuca. El mejor de los collares. Diamantes de agua fría, un calmante para los gaznates y las pieles secas, tostadas en un trazado de escaso interés rumbo al esprint en Zaragoza, donde sobresalió el instinto depredador de Jasper Philipsen, que encontró la chispa adecuada en un esprint que vivió en el desfiladero del vértigo.

Philipsen repite

El belga, el esprinter más capaz de la Vuelta, enhebró el hilo de la velocidad por la cabeza de una aguja. Temerario, habilidoso y triunfador. En paralelo al parapeto de las vallas que cercan la llegada y esquivando el codo de Elia Viviani, que maniobró con un punto de imprudencia (relegado por los jueces junto a Coquard por desplazarse de la línea del esprint poniendo en riesgo la integridad de otros velocistas), Philipsen se abrió paso hasta un triunfo tejido con valentía.

Los esprinters pertenecen a un estirpe especial que es capaz de convivir con el riesgo, el frenesí y la urgencia sin perder la calma en unas situaciones donde el pálpito se acelera y se extrema la sensación de asomarse al abismo. Kamikazes a pedales.

Philipsen gestionó mejor que nadie la llegada en Zaragoza para sumar su segunda victoria en lo que va de Vuelta. La primera la obtuvo una semana atrás en Novara en el estreno de la carrera en Italia. El más rápido en la tierra de los bólidos.

Vuelta a España


Octava etapa

1. Jasper Philipsen (Alpecin) 3h43:48

2. Ethan Vernon (IPT) m.t.

3. Arne Marit (Intermarché) m.t.

4. Anders Foldager (Jayco) m.t.

5. Madis Mihkels (Education First) m.t.

6. Tibaud Gruel (Groupama) m.t.

7. Fabio Christen (Q 36.5) m.t.

70. Mikel Landa (Soudal) m.t.

145. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 1:36

151. Markel Beloki (Education First) a 3:06


General

1. Torstein Træen (Bahrain) 29h01:50

2. Jonas Vingegaard (Visma) a 2:33

3. Joao Almeida (UAE) a 2:41

4. Giulio Ciccone (Lidl) a 2:42

5. Lorenzo Fortunato (Astana) a 2:47

6. Matteo Jorgenson (Visma) a 2:49

7. Jai Hindley (Red Bull) a 2:43

22. Mikel Landa (Soudal) a 4:59

50. Markel Beloki (Education First) a 23:53

167. Xabier M. Azparren (Q 36.5) a 1h17:10

Después de dejar el Tour en camilla tras una fuerte caída, la Vuelta consuela a Philipsen, sonriente tras otra demostración de su aceleración terminal. Con el laurel en Zaragoza sumó la quinta victoria de la campaña y la 56ª de su extenso palmarés.

Philipsen sometió a Viviani y Vernon, que apretaron, pero no pudieron desestabilizar al belga, que se jugó el pellejo en una jornada soporífera, sin atractivo. Solo el final produjo cierta emoción. El resto se ocultó en el anonimato, en la intrascendencia, en la foresta de la escasez.

Fuga sin esperanza

El sol, galvanizante, lanzaba rayos incandescentes sobre una lengua de asfalto de ceniza que recortaba las sombras, cortas y duras de los días que espantan las nubes. Rodaba la carrera a pleno sol. Por allí rodaban Samitier, Bou y Faura, debutante en la carrera. En cuanto se agitó el banderazo de salida, ondearon su entusiasmo y el esfuerzo conmovedor de los descamisados.

Los parias de la tierra de un ciclismo cada vez más elitista, fragmentado y desapegado. Un sistema de castas que evidencia las capas de sedimento. Arriba, el verde primoroso, el césped regado, cuidado y mimado de los campos de golf y por el suelo el sustrato que es piedra, polvo y arena desperdigada que busca sobrevivir.

El ciclismo de las dos velocidades murió. El engranaje de marchas es ahora más amplio, aunque la distancia entre los jerarcas y la plebe ha aumentado. Una minoría cada vez más poderosa y rica que se queda con lo mejor del escaparate, una clase media difusa y los más humildes tratando de sobrevivir.

Samitier representaba a esa clase media que por un tiempo era aspiracional, ahora convertida en isla, mientras que Bou y Faura eran los embajadores de los modestos que dignifican la carrera asomándose al metraje, adocenados demasiados equipos en la lógica que perpetúan las escuadras con velocistas.

La dejadez de Ayuso

Exceptuando a quienes buscan El Dorado de la general y los escapados, el resto eleva los hombros ante la inercia que se impone, como si la competición no les interpelara. Ni una mueca de alternativa, de intentar incomodar, de protestar con decoro o dignidad.

Las jornadas llanas, salvo viento, lluvia o caída, tienden a la nada, a descontar kilómetros a la espera del reprís y el debate en el ring de los velocistas en cuanto se activa la caza, que es una cuestión matemática.

La ventaja del trío se fue evaporando a fuego lento, a modo de una receta que calcula a la perfección el tiempo de ebullición. Sólidos de salida, líquidos en la travesía y gaseosos en el final. Nada que no se supiese.

Dispuesto el escaparate para el desfile de los hombres rápidos en Zaragoza, brotaron en un ejercicio de protección, las formaciones de los favoritos a la carrera para blindar a sus hombres en el callejero de la ciudad. Se aceleró la marcha en esa tenaza de tensión, nervios y estrés.

En un repecho, Ayuso, el ingobernable, desconectó. El alicantino es un serial de sí mismo. Se dejó ir. Concedió más de cinco minutos, absolutamente ajeno a la carrera.

En la pasarela de la foto-finish, en Zaragoza, la memoria invocaba a los Héroes del Silencio y aquella canción que decía: “todo arde si le aplicas la chispa adecuada”. La encendió Philipsen.