Ante el irracional caos al que nos han empujado tanto la Federación Rusa (Ucrania), como Israel (Gaza, Cisjordania, Irán…) y los Estados Unidos (asalto a la banca de la multilateralidad), unido ello a las dudas existenciales de la Unión Europea (UE), estamos obligados a pensar en profundidad en posibles ejes sobre los que abordar el futuro desde una visión europeísta.
El primero de ellos guarda relación con un asunto estratégico totalmente relacionado con el cambio climático y la sustitución paulatina de los combustibles fósiles por las denominadas energías renovables. Parece que asistimos, también, a un giro en el enfoque internacional del asunto. En el Foro de Davos, que se ha celebrado estos días, el interés geoestratégico por el petróleo se ha maximizado y, al parecer, la reflexión y defensa de la potenciación de las energías renovables ha perdido el empuje mantenido en los últimos lustros. A pesar de las actuaciones agresivas realizadas por la administración Trump, es adecuado que la UE mantenga las políticas de consenso enfocadas al cambio climático y a las renovables.
En segundo lugar, la agresividad belicista desplegada por los EEUU en los últimos meses, tanto a nivel internacional (Groenlandia) como en su patio interno, donde destacan las actuaciones ilegales del ICE, incluidos asesinatos, sugiere, a mi modo de ver, la conveniencia de que Europa abra la visión hacia otras alianzas de tipo comercial, especialmente, al igual que ha hecho con Mercosur, actualmente paralizado por decisión del Parlamento Europeo y a la espera del dictamen del Tribunal de Justicia de la UE.
El miedo endémico y culturalmente inducido por los E.UU hacia China ha de ser superado. China puede aportar, además de volumen, oportunidades importantes en los procesos de intercambio paritarios en sectores y asuntos como los relacionados con las tecnologías de vanguardia, la gestión sistémica, y el desarrollo del conocimiento social, ámbitos en los que la UE puede contribuir y rentabilizar. La India puede ser objeto de un enfoque similar.
Por último, propongo una reflexión complementaria, pero muy importante en el ámbito económico, como es el impulso a una migración compartida hacia el uso internacional del euro y el yuang en las transacciones comerciales internacionales. Ello implicaría un coste importante para los EEUU en términos de dificultad para “exportar” y distribuir sus presiones inflacionistas a otros países, vía impresión de moneda. Supondría también un aumento de la prima de riesgo de ese país, dado el aumento de las dificultades ligadas al pago de su deuda, que asciende a 82 billones de dólares, incrementándose anualmente en dos billones.
Hay demasiado en juego como para tener miedo a arriesgarse por el futuro. Está en peligro el sistema de convivencia internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial y alumbrado por más de 21 siglos de historia. Y ese riesgo es especialmente grave para la UE. En este asunto no resulta razonable aceptar, sin más, el interés manifestado de palabra y obra por los EEUU y la Federación Rusa, que está relacionado con el debilitamiento de la UE, cuando no su desaparición.
Si Europa pretende salir airosa de la situación, resulta aconsejable que decida sin complejos, y libremente, quienes son susceptibles de ser sus aliados en el largo plazo, y que estos sean respetuosos, e incluso los asuman, con los cuatro pilares que sustancian la creación de la UE y su desarrollo, que se concretan en la cohesión social, la democracia liberal, el funcionamiento de la economía de mercado social y el multilateralismo exterior e interior.
Este posicionamiento ha de reforzarse con la adopción y creación de un poder disuasorio, a la vez que de una flexibilización decisional y comprometedora. De seguir como hasta ahora, los riesgos son altos.
Economista