No hay como ver las orejas al lobo para ponerse a resguardo. Esta máxima de la cultura popular da en el clavo si lo que se pretende es explicar el número de conversos que llegan a la sanidad pública con el rabo entre las piernas tras jugar conscientemente a la ruleta rusa durante gran parte de sus vidas. La Humanidad conoce desde hace centurias cómo facilitar que la salud de cada cual vaya por cauces razonables si es que no hay de por medio enfermedades sobrevenidas ante las que nada o poco se puede hacer. Sin embargo, dicho precepto se topa con dos realidades ineludibles: la pobreza (como sinónimo de imposibilidad de acceso a la sanidad, por ejemplo, en países origen de la inmigración que llega a España) y que cierto número de hombres y mujeres destacan por su ineptitud militante y son capaces de ver al demonio, por ejemplo, en las vacunas llamadas a evitar males víricos tan viejos como el andar a pie. Aún estoy perplejo tras leer que al Estado español le acaban de retirar la etiqueta de libre de sarampión. Se han documentado desde 2024 brotes y una transmisión continuada, en parte, importada, y en parte por una militancia antiprofilaxis autóctona que solo puede ser una señal, y muy clara, de la pronta extinción de la Humanidad. Claro, después hay que confiar en que lo que te inoculan no esté caducado. Pero eso es ya otro cantar.
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