“Me ha gustado” cierra más conversaciones que una puerta. Y si alguien se atreve a objetar que aquello era malo, aparece la coletilla: “Para gustos están los colores”. La frase suena simpática, pero suele ser una renuncia. No a la opinión, sino a explicarla.

El gusto existe. Pero es biografía, hábito, clase, educación. Nadie mira limpio. Por eso hace falta la crítica. No como sentencia, sino como disección. Abrir una obra para ver de qué está hecha. Preguntar por su ritmo, por su tono, por la forma de mirar. Por lo que se muestra y por lo que se esconde. Hay películas que logran emocionarnos tirando de lo que ya funciona: la música que empuja donde el guion no llega, el tema que despierta adhesiones automáticas, el truco narrativo que activa lágrimas por reflejo. No necesitan estar bien construidas para producir efecto. En esos casos, el gusto no es tanto por la obra como por la inercia: el placer de reconocer un mecanismo.

Responder a “para gustos…” es sencillo: los colores también se describen. Hay composición y equilibrio. Hay decisiones técnicas que tienen consecuencias. Un plano demasiado largo puede ser respiración o puede ser pereza. Un silencio puede abrir sentido o puede tapar falta de ideas. Un giro de guion puede ser inevitable o puede ser un atajo. En el arte la forma no es adorno; es el modo en que una idea se hace visible. Y cuando la forma falla, la idea se hunde.

La crítica añade contexto. Ninguna obra nace en el vacío: dialoga con otras, repite fórmulas o las tuerce, se apoya en una tradición o finge que no existe. También revela jerarquías: qué se considera importante, qué se premia, qué se deja fuera. Cuando se ponen palabras a esas relaciones, el desacuerdo deja de ser un choque de caprichos. Pasa a ser una discusión de razones. El gusto sigue ahí, pero ya no manda solo.

Aprender a criticar arte nos enseña a ser críticos fuera del arte además. Entrena nuestra atención. Obliga a escuchar sin tragarse el envoltorio. A distinguir la emoción trabajada de la prefabricada. A detectar el truco fácil, la frase brillante que no dice nada. También obliga a mirarse: por qué algo nos seduce, por qué algo nos irrita, por qué se rechaza antes de tiempo. Esa gimnasia, repetida, acaba filtrándose en la vida corriente y nos convierte en ciudadanos más críticos.

Si la vida se parece a una película, conviene mirarla con esas herramientas. Atender a las elipsis, a los personajes secundarios, a las repeticiones. Preguntar qué relatos se aceptan sin examen, qué escenas se montan para quedar bien, qué decisiones se aplazan para no afrontar el conflicto. La crítica no es cinismo. Es lucidez.

Ayer jueves, en Zas Kultur, Aitor López de Aberásturi y David F. Brandon presentaban y diseccionaban The Mad Metropolis, una videocreación experimental de cinco minutos. Ver a quienes la han hecho explicar sus decisiones fue una lección práctica: el “me ha gustado” puede ser el inicio, pero no debería ser el cierre. Ahí empieza el criterio propio.