Trump nos come todos los titulares. Pero no conviene olvidar ni a Rusia, ni a Putin.
Rusia fue un imperio, a principios del siglo XX mutó hacia el comunismo, y ahora tiene un gobernante ultraderechista. Siempre ha sido una dictadura, del pueblo (supuestamente) o autocrática sin tapujos.
Stalin fue el “vozhd”, que en ruso es el líder supremo, “caudillo” en castellano o “duce” en italiano o “führer” en alemán. Se referían así a Stalin como líder infalible del pueblo soviético y de todo el proletariado mundial. Pero desde los años 30, hay purgas, detenciones arbitrarias y campos de trabajo. En 1953, el gulag llegó a tener a 2.500.000 reclusos. La sociedad era estrechamente vigilada, al más puro estilo orwelliano. Si alguien se oponía, aunque fuera por la izquierda, se le mataba, con un piolet en el cráneo si fuera preciso, como a Trotsky. El 5 de marzo de 1953, el vozhd muere. El culto a la personalidad de Stalin está entonces en su apogeo.
Stalin murió, pero Rusia aún no ha terminado con la memoria de Stalin, ni siquiera hoy. Su cuerpo embalsamado va inicialmente al mausoleo de Lenin. En su dintel se añade el nombre de Stalin al de Lenin. Se iba a quedar allí para siempre, pero no.
Tras su muerte, se habla de culto a la personalidad, de abuso de poder. Empieza la “desestalinización”. El PCUS reescribirá el capítulo sobre Stalin, pero ha de hacerlo garantizando la solidez del régimen, evitando que se tambalee. Paradójicamente –o no tanto– Lavrenti Bera, al que Stalin se refería como “nuestro Himmler”, que dirige el gulag y la policía política, es el más decidido a acabar con el estalinismo. Se es consciente de que continuar como antes es imposible. Comienza el deshielo. El deshielo anuncia una nueva estación, en la que el hielo se derrite y los cadáveres que esperan bajo el hielo salen a la superficie.
Beria va muy rápido para sus colegas de la policía política, sobre todo porque se jactaba de tener expedientes comprometedores sobre todos ellos. Tres meses tras la muerte de Stalin, es detenido y ejecutado en secreto. Nikita Jrushchov supo imponerse como sucesor de Stalin y continuó con la labor. Pero rehabilitar a antiguos presos suponía un problema para todos aquellos que, como él, habían hecho carrera bajo Stalin. Porque el propio sistema era culpable y ni hablar de verdad, justicia y reparación. Se trataba de desestalinizar, pero sin pasarse.
Jrushchov intentará este malabarismo en el 20º congreso del PCUS, que empieza con una perfecta ortodoxia soviética. Pero luego se da el verdadero shock: Jrushchov convoca otra sesión más en la que pronuncia un discurso en el que habla de la muerte de personas inocentes y de tortura utilizada para obtener confesiones forzadas. Este informe secreto también provoca revuelo entre los comunistas occidentales tras su publicación en The New York Times en junio de 1956. Empieza a perfilarse una nueva imagen de la URSS.
El 1 de noviembre de 1961, los moscovitas descubren que falta el nombre de Stalin en el dintel del mausoleo. Ahora yace junto al muro del Kremlin, en compañía de otros notables soviéticos. Se borra su nombre de plazas, calles y ciudades. La nueva lectura del estalinismo hace que, por ejemplo, en Polonia, la difusión del informe secreto provoca una insurrección y en Hungría casi una revolución. Jruschov recupera los reflejos del periodo anterior y envía al ejército a aplastar las revueltas.
Jruschov es sustituido por un líder ortodoxo y menos crítico con Stalin, Leonid Brézhnev. El objeto de culto ahora es la Gran Guerra Patria y Stalin vuelve a ser un personaje ineludible. Bajo Brézhnev, Andropov y Chernenko e incluso hasta Gorbachov, Stalin pasa a ser el artífice de la victoria de 1945.
Hay tímidos cambios. Ya no se ejecuta a opositores, son encerrados en hospitales psiquiátricos, se les pone bajo arresto domiciliario o se les expulsa del país. Muere Brézhnev y se le entierra cerca de Stalin al pie del Kremlin. Ni Yuri Andrepov ni Konstantin Chernenko, que le suceden a una edad avanzada, logran resolver los problemas económicos y sociales. Mijaíl Gorbachov inicia un nuevo deshielo, la perestroika.
El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov se dirige a todos los ciudadanos soviéticos para dimitir de una Unión Soviética que de facto ya había dejado de existir. Tras un fallido golpe de Estado de los comunistas opuestos a las reformas, Boris Yeltsin se convirtió en presidente de la República de Rusia. La economía pasa al capitalismo salvaje. Y se promulga una ley que desclasifica todos los documentos sobre las represiones. Los historiadores aprovechan esta apertura y se encuentran ante un océano de archivos que esclarecen, entre otras cosas, la masacre de Katyn.
Vuelve a cambiar la dirección del viento. Ahora preside los desfiles Vladímir Putin, antiguo director de los servicios secretos. La música del desfile no es novedosa, ya que desde el año 2000 se ha vuelto al himno soviético compuesto en 1939, pero la letra sí ha cambiado. Dios y la patria sustituyen a Stalin y Lenin, pero dentro de un régimen igual de dictatorial que siempre.
Poca verdad, justicia y reparación ha habido en Rusia. En la antigua RDA, los archivos de la Stasi son abiertamente consultables. Aún así, allí es donde ahora más prosperan opciones autoritarias en Alemania. Aquí, aunque queda mucho por esclarecer relativo al franquismo y a la violencia política, los avances son visibles. En cambio en Rusia, en diciembre de 2021, tras mucha presión e intimidación, la justicia rusa disuelve a la asociación Memorial, fundada en su día por Andrei Sajarov, que buscaba esclarecimiento para las víctimas del régimen soviético. Las acusaciones del fiscal reproducían casi palabra por palabra las sentencias dictadas antaño por tribunales soviéticos.
Cuando cae la Unión Soviética, Ucrania se queda con el tercer mayor arsenal de armas nucleares tácticas y estratégicas del planeta. Y firma en 1994 el Memorándum de Budapest sobre garantías de seguridad con Estados Unidos, Reino Unido y Rusia, que estipulaba que si renunciaba a armas nucleares, esos tres países garantizarían su defensa. Ucrania renuncia a tales armas y años después Rusia invade Ucrania.
Autócratas
Si observamos el panorama internacional actual, vemos que los autócratas lideran regímenes con ideologías muy distintas. Vemos una coalición de Putin con una China ideológicamente comunista y capitalista en lo económico, con el Irán teocrático, con la orwelliana Corea del Norte y con los socialistas bolivarianos de Venezuela. Se apoyan entre sí. Y Trump quiere volverse aislacionista y acercarse a Putin. Cabe preguntarse cuál es el nexo de unión. Una de varias respuestas es que comparten un interés por amasar y ocultar dinero, y por ayudarse mutuamente a evadir las sanciones que se han establecido para impedirles hacerlo. Y quieren perpetuar no solo su propio poder sino también su propia riqueza. El substrato de la revuelta de Maidan en Ucrania fue la corrupción del prorruso Viktor Yanukóvich y su decisión de alejarse de la Unión Europea fue el detonante, porque la población empobrecida esperaba poder prosperar en Europa. Putin tilda la revuelta ucraniana de operación de la CIA y cerco de la OTAN. Pero lo que más teme Putin en su propio país es el movimiento anticorrupción. La única oposición exitosa en Rusia fue la Alexei Navalni, articulada en torno a su fundación anticorrupción. Su muerte se produce por haber logrado movilizar a muchos rusos contra Putin el corrupto, que también amasa su fortuna.
Así es Rusia y el mundo.
@Krakenberger