En Gasteiz, el arte contemporáneo es como un huésped educado: se le da la bienvenida en los museos y se lo despide rápidamente en la puerta. Y no retorna. No es solo que el coleccionismo sea escaso: lo extraño es ver una pintura en un bar, una escultura en el vestíbulo de un hotel o en la sala de espera de una clínica privada, o una pintura en la oficina. El arte parece estar limitado a museos y centros culturales, como si su espacio natural estuviera en la visita y no en la convivencia hogareña.
La Ausencia del Tejido Galerístico
La ausencia de galerías no es un mero detalle. Sin ese tejido estable, no hay continuidad ni espacios cotidianos donde aprender a observar. Además, no se habla de manera normal sobre el montaje, la conservación, los precios o los formatos. Con ese enorme vacío, adquirir obras se convierte en un acto extraño, prácticamente extravagante, cuando en realidad constituye una manera directa de disfrutar y también de mantener el trabajo, el tiempo y el talento de los creadores.
La semana que viene vuelve Mazoka a Montehermoso, en el antiguo Depósito de Aguas: del 19 al 21 de diciembre. Se vende ilustración, dibujo, gráfica; piezas que han creado costumbre y han quitado miedo a pagar por una obra firmada. Bien. Pero ahí aparece el corte: ¿dónde se ve con calma la pintura, la escultura, la fotografía en gran formato? ¿dónde se entiende el salto de una lámina a una pieza que pide pared, luz y distancia? Ese salto no debería quedar reservado a unos pocos. En otras ciudades, una galería funciona también como escuela informal: explica precios, enseña a convivir con formatos grandes y acompaña el primer paso. Aquí, ese aprendizaje no existe ni se potencia desde las instituciones, y se instala la idea de que comprar es para entendidos.
De la Rareza al Hábito
No es solo una cuestión de money. Es sobre todo de hábito. Se compra mobiliario, tecnología y “decoración” sin pestañear, pero al arte se le mira como a un ovni. Y, sin embargo, una obra es imperecedera: acompaña, discute, incomoda a veces, abre una pregunta, siempre. Algunos dicen que el arte es inmortal.
Ayer, en Zas, se abría Km0, una muestra que pone en circulación su fondo de obra de artistas locales: trabajos de docena y media de artistas alaveses reunidos para ser vistos sin prisa y, si cuadra, comprarlos. Un fondo así funciona como archivo vivo: permite volver, comparar, afinar el ojo, hablar de tamaños, de materiales, de qué cabe en una casa o en un lugar de trabajo.
La compra pública existe, pero con cuentagotas: el ecosistema está completo cuando empresas y particulares incorporan obra a su entorno. No para aparentar o invertir, sino para vivir junto a ella.
Comprar arte es una apuesta clara y una toma de posición: que la creación no es un adorno institucional, sino un trabajo que merece un sitio en la sociedad. Si el arte se queda solo en los museos, termina pareciendo ajeno. Si entra en oficinas, casas y salas de espera, forma parte de nuestra vida, se difunde y normaliza. Y entonces comprar deja de ser una rareza para convertirse en un hábito saludable.