vitoria arrastra una tendencia atávica a la queja permanente. Ya sea porque en Siberia hace un frío que pela y encima nieva o porque en agosto hace calor y están las calles vacías. Por las molestias de las obras del tranvía o porque éste no terminara teniendo una parada justo delante del portal de uno. Porque el Ayuntamiento fuera a gastarse un dineral en un auditorio o porque no construya uno mayor que el Euskalduna. O sea porque el Gobierno vasco nos ningunea, el Athletic nos chulea, que si nos roban el agua o la ETB no saca nuestra patata. Muchos vitorianos que están todo el santo día con la lupa presta en busca de un agravio comparativo que les alimente han hecho de estos complejos un estandarte. Pero va siendo hora de que Álava se haga valer por sí misma y busque otro tipo de iconos, más allá del rancio monumento de la Virgen Blanca. Las ofertas de ocio de su entorno natural o enológico, su sector de creación audiovisual, los festivales musicales alternativos -desde el Azkena Rock hasta el Jazzaharrean- o la alta cualificación industrial que ofertan sus chavales de FP son algunos de los argumentos, entre otros muchos, que esconde Araba para ocupar con orgullo un lugar preferente en la marca Basque Country. Es una de las asignaturas que nos toca para este inicio de curso.