Se suele decir que un bosque es un buen lugar para estar en silencio. La idea no es mala, pero lo cierto es que sigue habiendo sonidos como las hojas agitadas por el viento, animalillos que se mueven entre los arbustos, pájaros que saltan de copa en copa, el murmullo de los ríos… Son ruidos agradables, pero ruidos al fin y al cabo. Donde verdaderamente se puede experimentar un silencio absoluto, uno que se queda grabado en la memoria, es en un bosque carbonizado. Sentado en el suelo negro uno puede apreciar el sonido del viento mientras levanta la ceniza que antes eran plantas y alimañas, cómo pega el sol cuando no hay ni un solo árbol que dé sombra, la ausencia de graznidos porque las aves saben que aquí no hay nada que hacer… Recordé estas imágenes ayer con el incendio en Galarreta. No sé qué parte de España se quemará este verano, pero estoy seguro de que, cuando acabe todo, gente con trajes predicará sobre la importancia de prevenir incendios. Todo ello mientras pretenden ignorar que es imposible hacer frente a una amenaza que no sabe de descansos ni presupuestos cuando solo planean reforzar las plantillas dos meses al año. Hablarán y hablarán y, cuando lo hagan, volveré a pensar en aquel silencio y las cenizas negras de mi pantalón.