Ya ni me acuerdo de la cantidad de agostos currando. Con el paso del tiempo, este mes ha cambiado mucho en Gasteiz. En el desierto post-La Blanca cada vez te encuentras a más gente plano en mano buscando cómo pasar sus días de ocio. Tantos, que llegas a preguntarte cómo ha llegado esta gente hasta aquí y qué le atrae para venir. A la espera de las respuestas, pones la mejor de tus sonrisas cuando te paran y te preguntan dónde está un determinado lugar, dónde les puedes recomendar para comer o cenar, dónde queda la calle o la plaza en la que han dejado el coche... ya que fuera de determinadas zonas, la señalética de esta ciudad es una mierda y la información turística deja mucho que desear. El otro día, por ejemplo, rayamos el paroxismo a eso de las nueve y media de la mañana en plena calle Gorbea cuando una familia me saludó en euskera, me preguntó en inglés y me despidió en francés. Mi neurona, la pobre, no sabía ni por dónde le estaban viniendo los golpes. He desistido de la idea de reclamar a Ana Lasarte un reconocimiento económico a los vitorianos que nos quedamos estas semanas en la capital alavesa en concepto de guías turísticos. Me conformo con que hagan algo para mejorar el servicio. Aunque igual eso es también mucho pedir.