Cajas sin alma
suelen pasar desapercibidas y para muchos clientes resultan incluso invisibles. No se paran a conversar, casi no notas su presencia y ni sabes quiénes son, pero tienen nombre y lo suele poner en la chapita que llevan en la solapa. Siempre les saludo y siempre responden con amabilidad. Algunas incluso con una sonrisa y otras no, quizás porque lleven ya varias horas leyendo códigos de barras y dando cambios y no están para muchas bromas. Algunas te ayudan a meter los productos en las bolsas sin tener que hacerlo y al final te preguntan si tienes tarjeta de puntos, pero sin darte la chapa sobre las ventajas que tiene hacértela. Generalmente son eficaces y, sobre todo, muy discretas. Algunos supermercados han optado ahora por sustituir a las cajeras con un sofisticado sistema de pago automático en el que tú mismo vas pasando los códigos de barras y luego pagas con billetes o tarjeta de crédito por las ranuras. Empezaron en los parkings, les siguieron las gasolineras y ahora los supermercados. Dicen que es más funcional, más cómodo y tal. Pero supongo que también influirá que las grandes cadenas se ahorran de esta manera costes -es decir, salarios- importantes. Vale. Pero, en contrapartida, los supermercados ya no saludan y pierden alma.