se enfada mi hijo con el ruido con el que estos días le está despertando. “¿No podían taladrar la calle a otra hora que no sea las ocho de la mañana?”, me pregunta visiblemente cabreado. “Creo que están en su derecho”, contesto yo, obviamente mucho mayor y, lamentablemente por tanto, más domesticado que él. “Tienen todo el día y justo empiezan a las ocho con un ruido insoportable. Que lo hagan a otras horas que yo todavía no he empezado el instituto”. Mi hijo no entiende que el ritmo de la ciudad no es exactamente el suyo, que las aceras que lindan la nueva estación de autobuses hay que limarlas, estrecharlas, para que nadie se atasque. Se lo intento explicar pero él, erre que erre con sus reivindicaciones. “Que me quiero despertar más tarde, que aún es verano”, se lamenta con amargura. Igual que algunos amigos que comentan que la ciudad está hecha un cisco, como el tráfico por la Avenida o la resta de aparcamientos en San Martín, ahora que la mayoría vuelve a sus ritmos habituales. Mi hijo y mis amigos no entienden que gran parte del éxito de las obras es que molesten, como las huelgas, y que por eso es mejor hacer ruido cuando ya estamos todos. Jode, pero el efecto último es que nos percatemos de que se están haciendo cosas. ¿Por qué no antes? Porque es ahora cuando apenas faltan unos meses para las elecciones...