Mesa de Redacción El accesorio, por Julio Iturri
cuando hace un año llegó a las redacciones la noticia de que la misión de la NASA Curiosity había descubierto agua en la superficie de Marte, hubo quien -prosaicos y descreídos periodistas que somos, o ignorantes de la transcendencia de los grandes hallazgos espaciales- celebró: “Qué bien, ya podemos hacer gintonics”. Y es que, ciertamente, el secreto del mítico combinado inglés no está tanto en la materia prima básica -licor de ginebra y agua carbónica- sino en el hielo... en el hielo y el limón, el enebro o sucedáneos, en el diseño de la vajilla fina, en los aderezos, en que esté bien tirado, con esmero y meticulosidad,en el momento y la compañía... en el factor humano, en definitiva. Dos estudiantes de Ingeniería Industrial de la Universidad de Elche acaban de diseñar un robot, según leíamos anteayer en teletipos, capaz de hacer automáticamente hasta 50 tipos de cócteles combinando 16 ingredientes y que tarda entre 30 y 40 segundos en preparar uno. Elogiosa iniciativa, original e innovadora, la de estos chicos en su proyecto de 5º curso y el suyo es tan digno como cualquier otro artilugio industrial. Pero la gracia del gintonic, como otras muchas cosas de la gastronomía y de la vida, está en el ritual de la preparación y en el factor humano, no en que lo haga una máquina.