Mesa de Redacción Veranito, por Miren Ibáñez
El verano ya no es lo que era, o eso parece. Hubo un tiempo en que existió aquello de la Euskadi tropical, que puede que fuera más un estado de cosas que algo termométrico, pero qué más da, era tropical. Recuerdo que incluso en algún momento el mercurio superaba dos días seguidos los 25 grados. Incluso Catalunya fue un oasis, pero eso es otra historia. Supongo que fue la época en la que llegó a nuestras vidas el mojito, brebaje inigualable; cuando incluso el panorama informativo parecía contagiarse del sopor estival y el secarral invadía la actualidad, enterrada bajo la arena de las playas, las fiestas patronales y el posado de Ana Obregón y su bikini. Días de vino y rosas en los que, aunque con la inevitable y vitoriana chaqueta por si acaso y el chistecito de las dos estaciones asomando a los labios a la menor ocasión, aún existía el verano. Luego vino la crisis, y nos dijeron que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. También debimos de tener veranos por encima de nuestras posibilidades, de manera que mutamos en Mordor o Invernalia, con picos de actividad canicular, así, sin término medio. Y en este spa de contraste radical de temperaturas en el que vivimos, al menos, nos queda el consuelo de que siempre tendremos tema de conversación para el ascensor.