Muere Adolfo Suárez aquejado del mal de Alzhéimer. Ha fallecido "el piloto de la Transición" -el rey esprintó el domingo para compartir medalla con el finado, "Adolfo y yo", reverdeciendo laureles en horas bajas-; una transición que quizá fue, entre otras cosas y además, un ejercicio de impostado olvido. Es fácil hablar y juzgar desde el palco del presente, porque las cosas nunca son tan sencillas y eso del consenso, palabra mágica transicional donde las haya, suele ser dejarse pelos en la gatera y, a veces, el tupé entero. Quizá porque es lo menos malo que en ese momento se puede hacer. Algo se debió de hacer bien entonces: maltrechos como estamos, estamos mejor que antes. Pero eso no quiere decir que todo fuera perfecto y, por tanto, que no sea modificable y mejorable. Nuestra memoria es frágil y caprichosa y acabamos muchas veces juzgando blanco o negro sin recordar que solo somos humanos, grises. Suárez se comió ingentes cantidades de traición y mala baba, igual que escondió pecados bajo el manto de momentos más o menos brillantes. Como la cosa va de recuerdos, yo me quedaré con ese discurso televisado de su dimisión como presidente, devorado por su propia criatura, pero dimisión al fin y al cabo. Forzada seguramente, pero algo de dignidad política.
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