en diciembre de 1991 Ucrania proclamó unilateralmente la independencia y convocó una consulta para romper con Rusia. Europa aplaudió la secesión y abrió los brazos a los nuevos inquilinos, que enviaban sus presentes por gaseoducto. El derecho a decidir crimeo, en cambio, supone una amenaza para el orden mundial y además las tropas rusas hacen trampas. Lo mismo que la separatista Eslovaquia ejerció su derecho a decidir en un divorcio amistoso, pero ese mismo laissez faire no sirvió para la región de los Sudetes, que tuvo que someterse a la unidad checoslovaca para tener la fiesta en paz. O que la reunificación alemana se cantara al son glorioso de Beethoven mientras la irlandesa vikinga desquebrajaría los pilares de la civilización. O que los escoceses puedan celebrar una consulta con diplomacia británica, mientras la catalana tiene tintes jodeomasonicosatánicos. O que Javier de Andrés se sienta legitimado para promover una hipotética reintegración de Álava en la gran España si Euskadi iniciara una aventura soberanista, equiparándose con la apelación crimea a la gran Rusia después de que Ucrania se independizara. Este Risk europeo cambia las reglas según por dónde dé el sol. O quizás es que, como le dijera Humpty Dumpty a Alicia, "la cuestión es saber quién tiene el poder, he ahí todo".