Mientras en el Ayuntamiento de Gasteiz se afanan por cosechar títulos supuestamente importantes para vender imagen de ciudad dentro y fuera, preocupados como están por el turismo y el qué dirán, cada vez está más claro que esa idea de Vitoria como un escaparate que vender -que otros alcaldes también persiguieron- se está adueñando de todo. El problema, amigos, es que la tienda por dentro se está descuidando tanto que por momentos parece vacía. Y no digamos el almacén. Aquí uno se puede poner serio, pero es que a mí me da la risa floja cada vez que pienso en las ramblas vitorianas en las que se iba a convertir esa Avenida Gasteiz que luego iba a ser casa para ardillas y ahora tiene un edificio con plantas en su fachada. O que me acuerdo de esos montículos de tierra frente a El Boulevard que iban a convertirse en macetas urbanas a modo de pequeños montes y sólo guardan malas hierbas. O... Pero uno de los recuerdos más placenteros que me ha dado esta profesión, cuando uno colaboraba con la Gaceta Municipal, fue esa reunión con un concejal y un director de departamento intentándome convencer de que la reforma del parque junto a la cuesta de San Francisco iba a parecer una cascada hawaiana. No les miento. Lo escribí tal cual.