Cuando lean esta columna, es posible -ojalá no- que otra guerra esté desatándose en Europa. Que está muy bien que los ucranianos quieran ser europeos, pero de ahí a cerrar el paso de los submarinos de Rusia hacia el Mediterráneo hay un paso demasiado grande que Vladimir Putin no está dispuesto a aceptar. Y la UE delibera, que son unos artistas en eso de encadenar reuniones, y miedo, mucho miedo, a que el nuevo zar les corte el suministro de gas. Que una cosa es que los ucranianos quieran ser europeos y otra bien distinta que los alemanes estén dispuestos a pasar frío por esa tontería. Y Obama charla por teléfono, difunde fotografías de gesto preocupado e incluso amaga con echar a Rusia del G8. Asustado tiene que estar Putin con esta amenaza mientras le recuerda al yanqui que es él quien controla Siria e Irán, que a ver si vamos a provocar más incendios de los necesarios por una península crimeana a la que apenas conocemos por Sebastopol, o sea lejos. Vientos de guerra en Europa, otra vez, y leña en las calles de Bilbao a raíz de la reunión económica de alto copete con el rey, Lagarde y Dijsselbloem, entre otros. Alabanzas a España por sus reformas, aunque siempre piden más, mientras se rompen cristales y se queman contenedores en las calles.