hay determinadas imágenes grabadas en los álbumes clásicos de fotoperiodismo, pero también en la memoria colectiva de una generación, que marcaron una época. Estudiantes arrojando adoquines contra los gendarmes en el Barrio Latino de París, jóvenes enarbolando banderas checas subidos a los tanques soviéticos en las calles de Praga, la hippie Rose Kasmir desafiando las bayonetas policiales con una margarita entre las manos durante una manifestación contra la guerra de Vietnam, huelguistas de las minas de carbón de Newcastle levantados contra la salvaje reconversión industrial de Margaret Thatcher, currelas resistentes contra el desmantelamiento de la metalurgia en un Sestao con las chimeneas en llamas... Y los vitorianos tienen impresas a sangre en su memoria las imágenes de los grises, pistola en mano, persiguiendo a los trabajadores desalojados de una asamblea de trabajadores en la iglesia de San Francisco del barrio obrero de Zaramaga. Son imágenes en blanco y negro enmarcadas en un determinado contexto histórico, sí, vale, pero cuyos valores sobreviven, ahora ya pintados en color, sobre el mural de Zaramaga que ilustra hoy esta página de la izquierda y que nos recuerda que también somos memoria.