En una madrugada que ya se define como el punto de inflexión geopolítico más importante de la década en el hemisferio occidental, el mundo despertó ayer con una noticia que parecía sacada de un guion de ficción, pero que cobró una realidad brutal: EE.UU. había ejecutado una operación militar a gran escala contra Venezuela.
El anuncio, realizado por el propio presidente del país atacante, Donald Trump, desde su residencia en Mar-a-Lago, no solo confirmó el bombardeo de objetivos estratégicos en Caracas, sino la captura y extracción del país de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
La operación, que comenzó en las primeras horas del 3 de enero, sumió a la región en un estado de estupefacción y alerta máxima. Con una retórica que mezclaba el triunfalismo militar con la ambición económica, Trump proclamó el fin de lo que denomina el “narcoterrorismo” en el Caribe, abriendo un escenario de incertidumbre legal y diplomática que ha fracturado a la comunidad internacional en bloques irreconciliables.
Así, vestido con su característica confianza, Donald Trump compareció ante los medios para dar detalles de lo que calificó como un asalto “espectacular”, comparable en eficiencia a operaciones de la Segunda Guerra Mundial. Según el mandatario estadounidense, la incursión estaba planeada para hace cuatro días, pero fue retrasada por condiciones climáticas adversas. “En cuanto el cielo se abrió, dimos la orden. Fue un golpe quirúrgico y letal”, afirmó.
El presidente detalló que Maduro fue capturado y se encontraba en el momento de su rueda de prensa en un buque de la Armada estadounidense rumbo a Nueva York, donde se espera que comparezca ante la justicia por cargos de narcoterrorismo. Sin embargo, lo que más alarmó a las cancillerías europeas y latinoamericanas fue la declaración de Trump sobre el futuro inmediato del país: “Estados Unidos se encargará de dirigir Venezuela hasta que podamos asegurar una transición justa. No permitiremos que nadie tome el poder para continuar el legado de Maduro”.
Además, Trump no ocultó el interés económico tras la intervención. Prometió que las compañías petroleras estadounidenses regresarán al país para “reparar la infraestructura rota” y recuperar lo que llamó “el petróleo robado”, asegurando que la riqueza energética de Venezuela será el motor de su reconstrucción bajo supervisión de Washington.
El eje del rechazo internacional
La reacción desde Moscú no se hizo esperar. El Kremlin, principal aliado de Maduro en los últimos años, calificó la operación como un “acto de agresión armada” y una violación flagrante de todas las normas del derecho internacional.
El Ministerio de Exteriores ruso emitió un comunicado exigiendo la “liberación inmediata” del mandatario venezolano y pruebas de vida de su esposa. Para Rusia, este movimiento representa el retorno de la “Doctrina Monroe” en su versión más violenta, algo que Moscú considera una amenaza directa a la estabilidad global.
Por su parte, Cuba fue quien lideró el rechazo en el Caribe. El gobierno de Miguel Díaz-Canel calificó la intervención de “terrorismo de Estado” y un asalto criminal contra una “Zona de Paz”. Desde La Habana se hizo un llamado urgente a la comunidad internacional para detener lo que consideran una “cacería pirata” que pone en riesgo la soberanía de todas las naciones de América Latina. “Nuestra América está siendo asaltada por el imperialismo más rancio”, rezaba el comunicado oficial de la presidencia cubana.
Brecha europea y mapa de apoyos
En Europa, la noticia caía como un jarro de agua fría, obligando a los líderes a equilibrar su rechazo histórico al autoritarismo de Maduro con el respeto a la legalidad internacional.
La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, expresó su “extrema preocupación”, subrayando que las acciones unilaterales de esta magnitud establecen un “precedente peligroso”. La UE pedía asimismo contención e instaba a que cualquier proceso de transición sea liderado por los propios venezolanos y no impuesto por una potencia extranjera.
En España, el Palacio de la Moncloa mantenía una posición de prudencia extrema. El gobierno de Pedro Sánchez confirmó que el personal de la embajada en Caracas se encontraba a salvo, pero evitó respaldar la acción armada, pidiendo una salida dialogada y el respeto a la integridad física de todos los involucrados.
No obstante, la política interna española reflejaba la división internacional: mientras el gobierno pedía moderación, sectores de la oposición vieron la caída de Maduro como una oportunidad necesaria. Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, exigió la liberación inmediata de todos los presos políticos venezolanos, mientras que desde VOX se celebraba abiertamente la operación como un “acto de justicia”.
Por su parte, el PNV expresó “su preocupación” tras el ataque militar y el lehendakari, Imanol Pradales, exigió al Ejecutivo de Trump “respeto de la legalidad internacional y la carta de Naciones Unidas en Venezuela”, al tiempo que confió en que los venezolanos puedan hacer “una transición política para acceder a un régimen democrático”.
En este mismo sentido, EH Bildu también aseguró que “la agresión contra la República Bolivariana de Venezuela viola todos los principios del derecho internacional” y recalcó que “la diplomacia y el diálogo siguen siendo el único camino”.
Una de las reacciones más contundentes y estratégicamente significativas llegaba desde Oriente Medio. El gobierno de Israel, a través de su ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, enmarcó la operación dentro de la lucha global contra Irán. Para Jerusalén, la caída de Maduro no es solo un cambio de régimen en el Caribe, sino el desmantelamiento del “nexo del narcoterrorismo islamista en Sudamérica”.
En un mensaje difundido en la red social X, Sa’ar expresó su “solidaridad con el pueblo venezolano, amante de la libertad”, y subrayó que Israel llevaba tiempo advirtiendo sobre la presencia de operativos de Hizbulá, Hamás y agentes iraníes en territorio venezolano.
En el espectro opuesto a Cuba y Rusia se encontró también la Argentina de Javier Milei, siendo Buenos Aires uno de los pocos gobiernos que expresó un apoyo explícito a la acción estadounidense.
Desde la Casa Rosada se emitió un mensaje de felicitación por el “fin de la dictadura sangrienta”, alineándose con la visión de Trump de que la libertad del pueblo venezolano justifica los medios empleados.
Este respaldo sitúa a Argentina en una posición solitaria dentro de una Sudamérica donde países como Colombia o Brasil mostraron una alarma profunda por el despliegue militar en sus fronteras. En Colombia, el gobierno reforzó la presencia militar en la frontera para gestionar el posible flujo de refugiados y evitar que el conflicto se derrame sobre su territorio, convirtiendo el temor a una guerra civil interna en Venezuela, tras el vacío de poder dejado por la captura de Maduro, en la principal preocupación de los vecinos inmediatos.