Llevamos días soportando al grupo de los más criticones de nuestro amado templo del cortado mañanero con la misma cantinela de todos los años por estas fechas: el precio del talo. El martes ya fue insoportable cuando por la tarde, gran parte de la comunidad que habita el bar se reunió para dar cuenta de las idas y venidas a las campas del meón. Los feroces analistas mostraron su indignación por lo que se habían gastado –porque mucho decir, pero se pusieron hasta las cartolas–, que fue azuzada por nuestro querido escanciador de café y otras sustancias, quien echó un poco más de leña al fuego al apuntar que no se estaba teniendo en cuenta el bloqueo en el estrecho de Ormuz en la cuenta de resultados del citado manjar y sus hacedores. Uno de los cabreados se lo tomó en serio y se acordó de la familia entera de Trump. A esto se unieron dos viejillos con ganas de más cachondeo, que quisieron abrir un debate paralelo sobre si el talo de verdad tiene que ser solo de txistorra o, en su defecto, chorizo, o si viendo que también se usa chocolate, por ejemplo, se podrían empezar a vender con tofu o seitán. Eso llevó a una discusión todavía mayor que a buen seguro terminará este viernes en Estibaliz, donde no faltará la representación viejilla del local.
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