León XIV ha vuelto al Vaticano y yo sigo preocupada por el ciudadano de Madrid, ese que tras esta semana de ultrafrenesí de eventos no sabe ya si Bad Bunny se presentó a las elecciones del Real Madrid, Florentino Pérez habló ante el Congreso tras oficiar una misa en la plaza de Cibeles y el Papa está disfrutando de La Casita a ritmo de reguetón en el Metropolitano. A estas alturas de la película, ya nos sorprenden pocas cosas, la verdad; sorpresas, las justas. El Papa pronunció un discurso ante el Congreso de los Diputados, ese sitio en Madrid, leones en la puerta, sede de la soberanía popular, de la democracia –de un Estado aconfesional, por cierto, pero bueno, pelillos a la mar–, del imperio de la palabra... convertido en inmisericorde y cruento campo de batalla. León XIV se subió al estrado –solo faltaban los diputados de Podemos y BNG– y, como cuenta alguna crónica periodística, obró el milagro. ¿Panes en peces? ¿Agua en vino? No, más difícil todavía. Todos los grupos aplaudieron el discurso del pontífice –preciosa palabra, por cierto–, todos de acuerdo... Solo duró el aplauso. Rápidamente, cada uno arrimó el ascua a su sardina y a la siguiente sesión volvió la habitual lluvia de artillería a las trincheras del hemiciclo. “La discrepancia no conlleva humillación”, había dicho León XIV. Inocente...
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