No sé si quedarme con Donald Trump hablando de la guerra de Irán junto a un conejito de Pascua de unos dos metros de altura o con su mensaje –traducción aproximada– de “abrid el puto estrecho, locos bastardos”. Surrealismo tenebroso y diplomacia de alto nivel subterráneo. En estos últimos días, me viene a la mente el cuento de El traje nuevo del emperador. Trump se ha enfrentado al problema de no poder declarar la victoria fulminante que deseaba: no ha derrocado el régimen de los ayatolás y, por daño que haya hecho a su capacidad militar, Teherán ha demostrado que es capaz de golpear en toda la región y ha bloqueado el estrecho de Ormuz, estrangulando los precios del crudo y amenazando el comercio internacional. Al parecer, parte del estamento militar estadounidense advirtió de los riesgos de esta operación en los términos planteados, de ahí la purga de cargos emprendida. Solo Israel ha cumplido en este mes de guerra su objetivo de establecer una zona de seguridad en el sur de Líbano. “Esta noche morirá toda una civilización”, amenazó Trump ayer en toda una declaración de intenciones que define al personaje. Esta pasada noche se habrá agotado su ultimátum, veremos qué ocurre. Trump es poder, pero da sensación de caminar tan arrogante, ciego y desnudo como el emperador de Andersen.