Me parece fascinante. Llevo un ratillo en la redacción releyendo la misma información una y otra vez. La misma hace referencia a las variaciones diarias que tiene el discurso del presidente de EEUU en relación a la ratonera en la que él solo ha metido al mundo con la intervención bélica en Irán. De una jornada a la siguiente, el líder del Occidente civilizado pasa del blanco al negro sin atender a ningún tipo de escala de grises ni a las responsabilidades que se le presuponen a un cargo de su categoría. Y, pese a ello, y ahí reside mi asombro mayúsculo, pese a sus manifiestas incongruencias y sus dudosas demostraciones, el magnate inmobiliario sigue siendo una figura referencial para muchos de sus compatriotas y, lo que es peor, para otras opciones políticas en países en los que la falta de tino del norteamericano tiene unas nefastas consecuencias para la vida de muchas personas. Supongo que, ante determinadas situaciones, se impone aquello de aferrarse a un clavo ardiendo para intentar no caer y esperar a que el viento se lleve lo que se ha dicho y defendido, aunque todo ello sea deontológicamente deleznable. Ya se sabe que entre determinados perfiles humanos–y en política, estos abundan– siempre está la tentación de recurrir a aquello de donde dije digo, digo Diego...
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