El cuento de hadas en Valencia ha tenido un final embriagador. El gran Baskonia que conocimos décadas atrás ha regresado con fuerza después de una espera interminable. Tras años de amargas desilusiones, la Copa de Valencia ha reabierto el álbum de las inolvidables gestas azulgranas. Ni el más optimista de los seguidores vitorianos podía haber barruntado un desenlace de este calibre. Campeón merecidísimo tras derrotar a los dos gigantes del baloncesto español. Barcelona y Real Madrid rendidos a los pies de un equipo repleto de guerreros hambrientos y comandados por el general Galbiati, un técnico que estuvo en la picota hace unos meses y ha exprimido todos los recursos de una plantilla golpeada por innumerables problemas físicos. Un espaldarazo a todos los niveles para un club que, por otro lado, ha visto cómo su mejor patrimonio se mantiene fiel. Si el Baskonia ha sido el mejor en la pista sostenido por varios jugadores en otra dimensión –especialmente Forrest, Luwawu-Cabarrot, Omoruyi y Diakite–, sus aficionados han impartido otra lección fuera de ella inyectando pasión a la kalejira y creando un ambiente único en un torneo hecho a la medida. Enhorabuena a todos, pero toca seguir al pie del cañón. Lo más difícil siempre es mantenerse.