Durante años, entre las cuatro paredes de nuestro amado templo del cortado mañanero se ha usado la cosa política para fastidiar a cualquiera de los presentes hasta límites insospechados y así echarse unas risas. Si uno decía A, el resto defendía B hasta el juicio final solo por molestar. Las reglas del juego estaban claras con el objetivo de intentar sobrellevar los dimes y diretes de sus señorías. Pero el ambiente en los partidos está tan chungo de un tiempo a esta parte, que en el local está costando encontrar la gracia a esos señores y a esas señoras que dicen actuar en nombre de la sociedad, sin olvidar a los tertulistos y tertulistas de los diferentes bandos que dan su opinión insultando por el camino a todo el que tiene la ocurrencia de discrepar en el más mínimo detalle. Así que fundamentalmente en el bar se han establecido tres posturas. La primera es defendida por dos viejillos que aseguran que todo se solucionaría si sus señorías le diesen más al fornicio. Estarían más relajados, como el valenciano. La segunda, parte de nuestro querido escanciador de café y otras sustancias, que dice que una revolución de vez en cuando siempre viene bien. La tercera, con más seguidores por ahora, afirma que lo mejor es sacar la bandera blanca, rendirse y que hagan con nosotros lo que les dé la gana.