Para ser una persona que intenta estar al día del rock y metal modernos, he de reconocer que la mayoría de discos que escucho son anteriores a 2020. No ha sido una decisión consciente -no soy un elitista-, pero me siento como si estuviera en un bucle. Investigo un nuevo grupo y encuentro alabanzas sobre los decorados que ponen en los escenarios, del maquillaje que usan, de sus elaboradas máscaras y disfraces… Pero la música, lo que se supone que tendrías que querer escuchar, no pasa de un 7. Clown, uno de los fundadores de Slipknot, ya dijo que le gustaría transformar al grupo en una especie de franquicia que nunca deje de dar conciertos aunque sus miembros originales ya no estén. Como si fuera una cadena de comida rápida, sus conciertos se transforman en una apuesta segura que siempre es igual independientemente de dónde les veas, ahora y siempre. Es la máxima comercialización y homogenización de las mayores estrellas de cada género. Quizás ahora que Disney tiene un nuevo CEO veamos en poco tiempo una discográfica de la compañía que firme a artistas hechos ad hoc para vender Funko Pops, sudaderas y vinilos pintados de negro, que suenan parecido y que dicen, sin excepción, absolutamente nada sobre el mundo en el que viven.