Desde los asentamientos caristios hasta el esplendor de la romana Suestatium y su posterior renacimiento medieval, el Parque Arqueológico de Arkaia despliega historia viva. Se trata de un escenario fundamental para desentrañar las dinámicas sociales, económicas y culturales que han moldeado la región desde hace más de dos mil años. Con aproximadamente 20 hectáreas habilitadas para la investigación, este enclave se revela como una pieza clave del rompecabezas histórico del norte peninsular.
En la actualidad, el equipo arqueológico formado por Miguel Loza y Javier Niso, de la empresa Iterbide –encargada de las excavaciones en el yacimiento–, trabaja intensamente en la recuperación y divulgación de este patrimonio.
Una labor compleja que, como explica el arqueólogo Miguel Loza durante una visita guiada a DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA, no se limita a excavar, sino que persigue conectar los hallazgos con la ciudadanía. El objetivo es crear un circuito interpretativo estable, con paneles explicativos que permitan al visitante comprender el origen, desarrollo y evolución del yacimiento a lo largo de los siglos.
El espacio más conocido es el de las Termas de Arkaia, excavadas por primera vez a finales de la década de 1970 y actualmente puestas en valor como parque arqueológico abierto. El complejo termal, situado bajo el actual recorrido visitable, se complementaba con otras dependencias que formaban parte de un auténtico centro urbano romano.
“Tenemos que imaginarlo como un gran centro cívico”, explica Loza. “Las termas eran el edificio principal, pero alrededor había zonas de tabernas, espacios administrativos, áreas vinculadas a la religión y una gran plaza pública que funcionaba como foro. Este era el núcleo del yacimiento y fue lo primero que empezamos a poner en valor, allá por 2016”.
El trabajo arqueológico combina excavaciones selectivas con prospecciones electromagnéticas, fotografía aérea y estudios previos del terreno. “Elegir dónde excavar no es sencillo”, reconoce el arqueólogo.
“Hasta que no abrimos el ‘melón’, es difícil saber qué vamos a encontrar. En otros casos, cuando hay obras previstas, se nos avisa para intervenir”. Paralelamente, el equipo trabaja en la difusión del conocimiento a través de visitas guiadas, charlas y recursos audiovisuales, aunque buena parte del esfuerzo sigue centrado en la investigación. “Nos gustaría poder traer material original a un futuro centro interpretativo”, añade.
El origen, la aldea caristia
La historia de Arkaia se hunde en las raíces de la Primera Edad del Hierro. Aunque los estratos más profundos son difíciles de alcanzar —para preservar la estratigrafía romana superior—, los testimonios recuperados hablan de un asentamiento primitivo que se consolidó entre los siglos III y I a.C.
Este poblado pertenecía a la etnia caristia, un grupo que habitaba la Álava central y gran parte de Vizcaya. Las excavaciones han sacado a la luz viviendas de planta ovalada (de entre 70 y 100 m²), construidas con cimentaciones de piedra, alzados de tapial o adobe y cubiertas vegetales.
El interior de estos hogares, con suelos de arcilla apisonada y zaguanes de grava, revela una organización sofisticada: hogares centrales, pesas de telar y molinos de mano circulares para el cereal.
Un hallazgo particularmente conmovedor es la documentación de inhumaciones infantiles adosadas a las paredes de las casas. Este rito responde a una tradición ancestral destinada a proteger a los más pequeños y facilitar su tránsito al más allá, manteniendo el vínculo con el hogar familiar.
El poblado caristio se integró en la administración de Roma y lo que antes era una aldea indígena se transformó en el siglo II d.C. en Suestatium, una urbe romana monumental. Las termas públicas son, sin duda, la joya del yacimiento.
Sin embargo, la monumentalidad de Suestatium se extendía a su urbanismo, con un foro, capiteles esculpidos y pinturas murales que decoraban las viviendas de las élites locales. En estas domus se han recuperado fragmentos de mosaicos y sofisticados mecanismos de cerrajería, lo que denota un estilo de vida refinado y cosmopolita.
La riqueza de Arkaia reside en lo cotidiano. Los fragmentos cerámicos ofrecen datos valiosos sobre las rutas comerciales y los gustos de la época: desde vajillas importadas de la Península Itálica hasta lucernas decoradas con motivos religiosos o cinegéticos.
Rutina de los habitantes
El día a día de sus habitantes (ciudadanos, extranjeros o peregrini, libertos y esclavos) se lee en sus herramientas. Cinceles y compases para la cantería; gubias para la carpintería; cencerros para la ganadería y anzuelos para la pesca. Curiosamente, aunque la agricultura debía ser la base económica, como lo es hoy en la zona,, las herramientas agrícolas son esquivas en el registro arqueológico.
Las excavaciones y su posterior divulgación permiten conocer la organización, económica, social y cultural del enclave
La alfabetización de la comunidad también sorprende, pues se han hallado más de 600 grafitos en latín y diversos styli (instrumentos de escritura). Estos grabados, que identificaban al propietario de las vasijas para evitar hurtos, sugieren un nivel cultural notable entre la población.
Tras el siglo III d.C., la crisis del Imperio obligó a Suestatium a adaptarse. Los grandes edificios públicos desaparecieron y el lugar entró en una etapa de penumbra documental entre los siglos IV y VI, aunque nunca llegó a abandonarse.
El resurgimiento llegó en los siglos VII y VIII, pero con una nueva configuración. El centro neurálgico se desplazó desde el antiguo foro hacia el entorno de la actual parroquia de la Natividad. Allí, entre silos de cereal y necrópolis medievales, nació la aldea de Arcahia. Este asentamiento, que reutilizó las piedras romanas como cantera, quedó consagrado para la posteridad en el año 1025, cuando su nombre fue inscrito en el célebre documento de la “Reja de San Millán”.