El Cristo de madera del Monte Tremol, una instalación situada a más de 1.200 metros de altitud, tiene las mejores vitas de las escenas que discurren en Piancavallo, la última gran montaña del Giro, 14,5 km al 7,8% de desnivel. Para recrearse en ese paisaje de redención, se reptaba dos veces camino del cielo del coloso.
La talla del Monte Tremol está realizada con madera recuperada tras la tormenta Vaia. Fue testigo del vuelo formidable de Jonas Vingegaard, campeón del Giro a la espera de los fastos de Roma.
Desde Piancavallo, su quinta cumbre en la Corsa rosa, el danés vislumbra la Ciudad Eterna, donde alcanzará el trono del Giro. Colosal su carrera. Completará en la capital italiana la Triple Corona. Campeón del Tour (2022 y 2023), de la Vuelta (2025) y del Giro. Un ciclista de culto.
Vingegaard coleccionó un repóker de victorias en su escalera de color por la cartografía italiana. Levitó en las montañas, su hogar. Otra cima para su muestrario. Más postales. Blockhaus, Corno alle Scale, Pila, Carì y Piancavallo componen la cordillera de su logros. Le pertenecen.
Las moles son suyas. En su última conquista, Vingegaard reprodujo la liurgia de los besos. Tres al manillar, a la foto de la familia que le acompaña en cada hazaña, en el dolor y en la gloria, y otro beso al anillo de casado.
Seductor el danés en el Giro. Amore infinito el suyo. Sensacional su idilio con las cumbres. Después de que en la víspera regalase un etapa reina a Kuss, Vingegaard, el emperador del Giro, se obsequió con otra pose ganadora.
Devastador en su hábitat. El líder, intocable, un punto rosa en el horizonte, mostró lo mejor de su catálogo, el libro de estilo del mejor escalador para enlazar su primer Giro sobre la alfombra rosa.
Un paseo por las nubes para el danés, que saludó, cerró, el puño, lanzó los besos de siempre y abrió los brazos para abrazar otra montaña.
Su nombre, en lo más alto. Más tarde llamó a su mujer Trine, para decirle que, sí que había ganado. En otro plano, a 1:15 entró el podio.
Felix Gall y Jai Hindley esprintaron en el grupo en el que también viajaban Arensman, Gee y Bernal. Después, Eulálio y Piganzoli, los jóvenes que peleaban por el maillot blanco. El rosa era de Vingegaard. En realidad, siempre lo fue, desde que se supo que correría la carrera italiana.
“Ha sido un día sensacional para mí. El plan era ir a por la etapa. Hemos tenido que improvisar un poco en la última subida. Esperaba atacar más tarde, pero Sepp no se encontraba muy bien y he arrancado antes. Ahora solo espero disfrutar de Roma”, expuso el campeón después de certificar su victoria absoluta por aplastamiento. Gall queda a 5:22 y Hindley a 6:25 de Vingegaard, amo y señor. El dios del Giro.
Lo atestiguó el El Cristo del Monte Tremol, obra del artista Helmuth Schmalz, que creó la escultura de madera con los restos del ciclón extratropical que arranó bosques enteros entre el 27 y el 30 de octubre de 2018.
La tormenta cruenta, implacable, devastó el paisaje del noreste de Italia. Lo arrasó todo. 42.500 hectáreas de bosque resultaron dañadas. Entre 14 y 17 millones de árboles arrancados fueron arrancados
De aquel desastre natural, Marco Matalar, un escultor, almacenó madera para crear una serie de esculturas que son la muestran de la capacidad del ser humano para sobreponerse a la fatalidad y abrazarse a la esperanza de un nuevo renacer.
“Soy un hombre de los bosques, después de Vaia me encontré caminando por mis montañas y topándome a cada paso con árboles desgarrados, raíces al descubierto… pronto el abatimiento se convirtió en inspiración: quería curar la herida de la naturaleza transformándola en una obra de arte que preservara su memoria pero que también diera una señal de esperanza y renacimiento. un signo de esperanza y renacimiento”, reflexionó Matalar.
Anclado en el paisaje en noviembre 2020, el Cristo del Monte Tremol, no pudo deleitarse en 2017 con la victoria de Mikel Landa en Piancavallo. Aquel día de mayo, sobre la huella que dejó el irreproducible Marco Pantani, el último ciclista que holló la cumbre, Landa se coronó en la cima.
El de Murgia representó el espíritu del que habla Matalar. Aquel Giro, antes de encarar el Blockhaus se fue al suelo por una moto de la policía mal aparcada.
El alavés, víctima de la caída, tuvo que renunciar de cara a la general, pero se reconstruyó una vez. A un campeón no se le mide por las veces que cae sino por el valor que demuestra a levantarse. Landa se puso en pie para mostrar su paleta de colores. En Piancavallo pintó una obra maestra en el paladar de la montaña.
La fuga, controlada
Para descubrir la montaña, en su primera exploración, lucían dichosos Haig, Leknessund, Warbasse, Geens y Huens, que partieron de buena mañana a la aventura en un jornada de calor, de julio en mayo. Crepitante el día. Un calor enajenante prensaba la travesía entre los rescoldos de los Dolomitas.
Las nucas pedían hielo y la piel aguar para rebajar el poder del sol, sus rayos de furia. Se desnudó el pelotón. Maillots a dos aguas, cremalleras bajadas para refrigerar los pulmones. Todos buscaban consuelo.
Los coraceros de Jonas Vingegaard, el líder que se ofrece a sus gregarios para devolverles el trabajo que hacen por su causa, ordenó mantener la escapada en márgenes razonables. La idea era tener el control a la espera de enfocar Piancavallo por segunda vez y tomarlo por derecho propio.
Giro de Italia
Vigésima etapa
1. Jonas Vingegaard (Visma) 5h03:55
2. Felix Gall (Decathlon) a 1:15
3. Jai Hindley (Red Bull) m.t.
26. Igor Arrieta (UAE) a 8:06
95. Markel Beloki (Education First) a 33:52
General
1. Jonas Vingegaard (Visma) 80h17:01
2. Felix Gall (Decathlon) a 5:22
3. Jai Hindley (Red Bull) a 6:25
19. Igor Arrieta (UAE) a 55:56
35. Markel Beloki (Education First) a 1h55:28
Igor Arrieta aprovechó el rebufo de Ciccone en su tarea de cosecha de puntos para la maglia azzurra, y aceleró. Halcón en el descenso de la montaña, revirado, fastuoso, perfilado por curvas de herradura y lazos.
El navarro corre a golpe de instinto. Nada de dudas shakespereanas. En el ser o no ser. Siempre elige ser. Protagonista de su destino. Arrieta se encoló a la fuga tras bajar en picado.
Le acompañó Crescioli para configurar el sexteto. Era la quinta fuga para el de Huarte Arakil, glorioso en Potenza, en su épica victoria en el agónico duelo con Eulálio, y ardiente en la semana de cierre. Sexto en Andalo.
Arrieta quería relevar a Landa en la memoria de Piancavallo, cuyo último vencedor fue Tao Geoghegan. Conocía la historia el navarro.
También la anatomía de la subida. El pulso entre la fuga y el Visma, arrastrado por Campenaerts, se concentró en el llano que conducía por segunda vez a la mole, que deshojaría el me quiere o no me quiere. La margarita del amor o el desamor en la alturas del Giro. En su último campanario. Réquiem y celebración.
Piancavallo decidiría todo. Arrieta y Crescioli se sacudieron por una cuestión de amor propio. El paso marcial de los porteadores de Vingegaard asfixiaba a la fuga, boqueante. Enmascarado, el rosa en llamas, el danés arrancó a falta de diez kilómetros para la corona.
Gall, el caminar raro, los codos abiertos a modo del fuelle de una acordeón, amagó con seguir al líder. Desistió dos palmos más tarde.
Devoró Vingegaard a Arrieta, Leknessund y Crescioli. El líder rodaba con calma, a solas consigo mismo, en otro monólogo. Inaccesible.
Tras su exhibición, se talló una escalera con Gall, Hindley, Gee, Arensman, Bernal, Eulálio y Piganzoli. Cada uno con su lucha particular. En otra dimensión, un ciclistas superlativo, un ser alado dispuesto a la conquista de Roma, la Ciudad Eterna. Vingegaard asalta el cielo.