Con más de 40 años de trayectoria como alpinista, Juanito Oiarzabal ha vivido de todo en la montaña. Ha celebrado cumbres históricas y ha llevado a su cuerpo al límite en algunas de las situaciones más extremas a las que se puede enfrentar un ser humano. Sexto alpinista del mundo en completar los catorce ochomiles y uno de los pocos en conseguirlo sin oxígeno artificial, acumula 47 expediciones y 26 ascensos por encima de los 8.000 metros. Ha convivido con el riesgo constante, con la pérdida de compañeros y con secuelas que aún arrastra –como cuando perdió la totalidad de sus dedos del pie por congelaciones en el K2–, pero también con la firme determinación de volver a intentarlo siempre.
Lejos de la épica de días pasados, Oiarzabal mira atrás en está entrevista concedida a DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA, con la serenidad de quien ha sobrevivido a su propia leyenda. El documental Entre Juan y Juanito, presentado ayer en Arkabia, repasa esa doble vida: la del mito que en su día conquistó las grandes cumbres y la del hombre que pagó un gran precio por conseguirlo.
¿Cuándo surge la idea de hacer un documental sobre su vida?
Mi relación con Sebastián Álvaro y con su hijo, Javier Álvaro –director del documental–, viene de muy atrás, porque trabajamos durante diez años juntos en Al filo de lo imposible. Es una relación que va más allá de lo profesional, es casi familiar. La idea surgió sin buscarla, en un viaje a Pakistán en invierno al que fui con mi hijo. Allí estaban también Sebastián y Javi. Entre conversaciones empezó a salir el tema y fui yo el que dijo: Oye, ¿y por qué no hacemos algo conmigo?. Pensamos que podía salir algo bonito, algo diferente. De eso hace ya tres años y medio.
¿Cómo ha vivido el largo proceso de realización que ha conllevado el documental?
Aunque hayan pasado tres años, no ha sido un proceso continuo. Ha habido fases muy intensas, de quince días muy concentrados, en los que hemos reunido a mucha gente en una casa que teníamos en Ocio, hemos grabado muchísimo material. Luego el trabajo fuerte ha sido de ellos: seleccionar imágenes, revisar archivos… Solo en diapositivas han tenido que ver alrededor de 3.000 para digitalizarlas. Hay muchísima documentación tanto en Televisión Española como en ETB. Ha sido un trabajo enorme y muy minucioso.
¿Le sorprendió el resultado final?
Sí. Yo pensaba que iba a ser un documental mucho más centrado en los momentos de montaña, en las grandes expediciones. Y, sin embargo, aquí se mezclan muchas más cosas que eso: la amistad, la familia, los comienzos, los proyectos que no se pudieron terminar… Es más humano de lo que podía pensar que iba a ser. Y eso es lo que creo que sorprende a la gente. A mí me sorprendió la primera vez que lo vi.
"Pensaba que iba a ser un documental de montaña, pero es más humano de lo que podía pensar que iba a ser"
¿Cómo fue verlo proyectado en el Palacio Euskalduna en diciembre?
Lo había visto antes en una pantalla pequeña en Madrid, pero verlo en el Palacio Euskalduna, con 1.200 personas, dentro del Festival de Cine de Montaña de Bilbao, fue algo apoteósico. Fueron amigos de aquí y de otros muchos sitios. Fue muy emotivo, se notaba la conexión con el público. Cuando termina y ves la reacción de la gente, te das cuenta de que ha llegado fondo a todos los asistentes.
¿Qué significado tiene para usted el título del documental: ‘Entre Juan y Juanito’?
Para mí significa un antes y un después. Juan puede representar al señor, a la persona más adulta; Juanito es el personaje más cercano, el chaval que empezó con seis años en la montaña. En el documental se ve esa evolución, desde los comienzos hasta ahora, cuando ya hay una edad y hay secuelas. El título refleja muy bien esa transición.
¿Dónde podrá verse próximamente?
A parte de Arkabia, volverá con el circuito del Menditour dentro del Festival de Cine de Montaña. En marzo está previsto un pase especial en ETB y luego iremos presentándolo en Madrid, Barcelona, Tenerife, Las Palmas y en otros certámenes europeos. Lo de las plataformas digitales dependerá de los derechos de las imágenes, que pertenecen a Televisión Española y ETB.
¿Cuándo empieza su relación con la montaña?
Con seis o siete años, de la mano de mi aita, como buen vasco. Luego hice gimnasia deportiva durante varios años en Landázuri, y esa disciplina me dio una base física que luego fue fundamental para escalar: fuerza en brazos, en piernas, coordinación… Todo eso fue el cimiento.
Antes de los famosos ochomiles hubo mucha montaña previa.
Claro. A mí se me conoce por los ochomiles, pero antes pasé años escalando en Pirineos, en Picos de Europa y, sobre todo, en los Alpes. En los Alpes es donde uno se forma de verdad como alpinista. Ahí aprendes a gestionar situaciones comprometidas, noches a la intemperie, decisiones difíciles. Sin todo eso no hubiera sido posible dar el salto al Himalaya.
“En los Alpes es donde uno se forma de verdad como alpinista. Sin esa base no hubiera sido posible dar el salto al Himalaya”
¿Tenía desde el principio la meta de completar los catorce ochomiles?
No. Fui siguiendo un proceso natural. Me ha costado 14 años subirlos todos, completar los 14 ochomiles. Ha habido años que he hecho tres, años que dos y otros ninguno. Con el tiempo te vas ganando un nombre, los patrocinadores confían en ti y los proyectos van surgiendo. En aquella época era más fácil conseguir apoyo que ahora. Todo fue fluyendo poco a poco.
¿Qué sintió al alcanzar su primera cumbre de 8.000 metros?
Siempre hablo del Cho Oyu, en 1985. Fue mi primer ochomil y la montaña de mis montañas en cuanto a sensaciones. En aquel momento no sabíamos si éramos capaces de superar los 8.000 metros sin oxígeno. Hoy el 95% de la gente sube con oxígeno, pero entonces ni nos lo planteábamos. Aquella incertidumbre constante, si llegarías, si te aclimatarías o si tu cuerpo respondería, hacía que la cumbre fuera algo enorme.
Después de tantas expediciones y situaciones límite en su trayectoria como alpinista, ¿nunca pensó en parar?
No. Siempre he tenido claro que el riesgo cero no existe cuando subes una montaña. Los alpinistas de aquel nivel éramos de otra pasta. Estabas acostumbrado a ver situaciones muy duras. He hecho 47 expediciones y he subido 26 ochomiles. Estadísticamente tendría que estar muerto, pero soy un superviviente. La vida me ha sonreído y he tenido suerte.
Has visitado muchos países y culturas gracias a la montaña. Más allá de las cumbres, ¿qué aprendizaje te llevas de esos viajes?
–Muchas veces se habla solo de la montaña, pero yo siempre digo que no es solo eso. Es la gente, las culturas y la forma de vida en distintos lugares. He aprendido mucho de esa humildad, de vivir con muy poco y aun así ser feliz. La montaña te enseña a relativizar todo. Cuando ves cómo vive la gente en esos lugares, vuelves a casa con otra perspectiva.
El K2 en 2004 marca un punto de inflexión en su trayectoria como alpinista.
Sí. Se me congelaron los dedos de los pies y me los amputaron. Pasé dos años sin hacer ochomiles. Fue un golpe muy duro, físico y mental.
Luego llega el proyecto de repetir los 14 ochomiles. Hubiese sido la primera persona en lograrlo.
Sí, el 2x14x8.000. Conté con Alberto Zerain, que para mí era como un hermano. Nos complementábamos muy bien. Pero su fallecimiento en el Nanga Parbat lo cambió todo. Además sufrí dos embolias pulmonares y un covid muy duro. Me di cuenta de que el proyecto estaba cojo. El Juanito de antes ya no era el mismo. Fue una espina clavada, pero también hay que ser realista.
¿En qué aspectos que ha cambiado el alpinismo desde que sus comienzos hasta hoy?
Muchísimo. Las agencias comerciales han transformado la manera de subir montañas. Han prostituido el Himalaya. Son agencias que organizan expediciones casi garantizándote la cumbre. Se han lucrado muchísimo. La gente paga un dineral por subir un ochomil con oxígeno, con sherpas, con cuerdas fijas... Es otra forma de hacer montaña. No tiene nada que ver con la que hacíamos nosotros.
“Las agencias comerciales han prostituido el Himalaya. No tiene nada que ver con la montaña que hacíamos nosotros”
¿Está en contra de esta evolución?
Yo soy crítico del modelo, pero no soy quien para estar en contra. Cada uno que haga lo que quiera. A mí me hace gracia cuando dicen he subido al Everest. Vale, ¿cómo lo has subido? Con sherpas, con cuatro o cinco botellas de oxígeno, con toda la cuerda instalada… Así es como se sube hoy.
¿De qué se arrepiente, si es que hay algo?
Deportivamente, de nada. He hecho más de lo que podía soñar cualquier alpinista. Dos veces el Everest, el Annapurna, el Kangchenjunga… Cuando yo lo hice no existía todo este despliegue actual. Quizá me arrepiento de no haber pasado más tiempo con mi familia. Hubo años que estuve nueve meses fuera.
¿Volvería a elegir la misma vida?
Sin duda. Además tengo a mi hijo, que es un gran alpinista. Él ahora está más centrado en el Pirineo y el esquí de montaña, pero la saga sigue. La montaña sigue muy presente. Voy tres o cuatro días a la semana. Cuando no voy, estoy pensando en cuándo iré.
¿Hasta cuándo?
Hasta el día que me muera. La montaña es mi DNI, ya estoy pensando en ir mañana.