Asidua a las tablas de la capital alavesa con diferentes montajes, Malena Alterio (Buenos Aires, 1974) vuelve con una propuesta que habla de dos vidas normales. Aurora y Blanca son amigas de toda la vida. Ambas son del mismo lugar. Aurora es profesora, se cambia de ciudad, se casa, tiene un hijo, un amante, un marido. Y escribe poesía. Blanca es modista, vive con su madre, su madre se muere, tiene un novio, luego otro, luego otro, siempre sufre. Y también escribe poesía. Como explica el autor y director Mario Tenconi, esta historia es “un tributo a la amistad, el amor más honesto y perdurable”. Y, a la vez, “una ofrenda al verbo leer”. Sobre todo porque “leer es, acaso, la experiencia más mínima y más maravillosa”.

Me da la sensación de que Malena Alterio es bien recibida en todas partes, ¿se siente querida por el público?

–Siento que sí. Recientemente me han dado un premio muy bonito en A Coruña y noto que tanto el sector del teatro como la gente de la calle son muy cariñosos conmigo. A mis 52 años, siento que formo parte de las vidas de las personas que han seguido mi trayectoria y me siento muy afortunada por ese cariño.

¿Quizás sea la naturalidad o la capacidad de transitar del humor al drama su superpoder?

–No sabría decirte. Un ingrediente fundamental fue formar parte de Aquí no hay quien viva, una serie que sigue vigente hoy en día. Generó un cariño muy especial que perdura; incluso nuevas generaciones quedan fascinadas con el trabajo de todo el equipo. Más del 70% de la gente me reconoce y me estima es por ese papel. Aunque después he hecho cine, teatro y televisión, la herencia de esa serie todavía me acompaña.

¿Tras dejar la serie, intentó evitar el encasillamiento con nuevos retos?

–Siempre busco retos, pero afortunadamente no he tenido que luchar contra el encasillamiento porque me han ido surgiendo proyectos muy distintos. En su momento decidí dejar los personajes de Belén y de Cris (La que se avecina) porque sentía que el ciclo había terminado, pero la transición hacia el teatro y el cine fue fluida y orgánica.

¿Todavía siente la presión que sentía en sus inicios de no estar haciéndolo bien o el miedo a que no suene el teléfono?

–¡Qué locos estamos los actores! Esta es una neurosis constante no siempre tiene una base real. En mi caso, aunque he tenido mucha continuidad laboral, persiste el miedo atávico a que todo se acabe. Es una sensación extraña porque, aunque a mí me vaya bien, veo a compañeros con mucho talento a los que les cuesta conseguir trabajo, y entiendo cómo se sienten.

¿En esos momentos de zozobra se siente acompañada por los consejos de su padre?

–Él no era de dar consejos; observar su manera de estar en el mundo, en la vida y en la profesión ya era una lección. Para mí es mi maestro y aspiro a seguir su estela.

Hace un tiempo, Juan Diego Botto me decía que, después de rodar toda la semana, llegaba el fin de semana y le daba una pereza enorme viajar con el proyecto teatral que tenía en ese momento. Entonces se preguntaba por qué se metía en esos líos, pero, una vez pasadas las funciones, esa sensación se le olvidaba porque el escenario le da la vida. ¿Le ocurre lo mismo?

– Totalmente. Me pasó recientemente con las funciones en el Teatro del Canal. A veces estás cansada y piensas en lo duro que es, pero en cuanto empieza la función, sientes el murmullo del espectador, luego ves que se va contento y todo cobra sentido.

¿Qué le atrajo de la obra ‘La vida extraordinaria’?

–El texto de Mario Tenconi es alucinante; me conmovía, me hacía reír y llorar. No es una obra convencional; integra poesía, literatura, teatro, audiovisual y música. Aunque me daba respeto la inmensidad del texto que debía aprender, me seducía más de lo que me asustaba.

¿Son los afectos, la amistad en este caso, lo que nos salva?

–Los afectos, el trabajo, el amor y la amistad. También el humor. No sobreviviríamos en este mundo tan violento y desazonador sin él.

Trabaja con Carmen Ruiz, ¿les apetecía este reencuentro?

–Habíamos coincidido hace años en televisión, pero hacía mucho que no trabajábamos juntas. Tenía la certeza de que nos entenderíamos muy bien en el escenario y así está siendo.

La literatura ocupa un lugar importante en la obra.

–Mario Tenconi es un gran intelectual y utiliza la literatura como catarsis. La función está llena de referencias poéticas, musicales y guiños de autores que nutren el espectáculo de una forma muy especial.

Acaba de estrenar la serie ‘Cochinas’, cuya directora principal es la navarra Andrea Jaurrieta. Es curioso, porque ahora el porno se ve como un factor que pone en peligro la igualdad entre hombres y mujeres, pero hace 30 años, en la época de la serie, fue casi como una liberación sexual para ellas.

–La serie no es una apología de la pornografía. Eso queremos que quede claro. En esta historia concreta, ambientada en los años 90, el porno actúa como un detonante para que las protagonistas se replanteen su sexualidad y descubran posibilidades que no habían considerado. Es un recorrido interesante para ver cuánto hemos avanzado desde entonces y qué nos queda por conquistar.

¿Qué le ha aportado Nines?

–Me parece un personaje maravilloso. Es una mujer conservadora de provincias que debe vencer sus prejuicios para sacar adelante a su familia. Tanto el conflicto interno como la caracterización (vestuario y peluquería) lo hacían un proyecto muy jugoso. Era una apuesta arriesgada, pero estamos muy satisfechos con el resultado.