EN un mundo donde cada vez cuesta más encontrarnos, las grandes citas internacionales –Naciones Unidas, el FMI/Banco Mundial, APEC, ASEAN, COP30– repiten un mensaje que suena a evidencia: necesitamos cooperar si queremos resolver los problemas, los grandes retos (clima, energía, demografía…) que se acumulan ante nosotros. Y, sin embargo, la sensación dominante es la contraria: la de vivir en una sociedad que se fragmenta a una velocidad inquietante.
Esa es la paradoja de nuestro tiempo. En todos los ámbitos –económico, político, social– crece la polarización, a la vez que aumentan las voces que subrayan la urgencia de trabajar juntos. Como recordaba Simon Stiell en las conclusiones de la COP30, la división y la desconfianza están debilitando justo aquello que más necesitamos: la capacidad de colaborar, de construir juntos.
Porque, aunque casi todos reconocemos que solos no podemos afrontar los grandes retos, colaborar nunca ha sido sencillo. Huxham y Vangen lo expresan con claridad: colaborar significa trabajar con otros que piensan distinto, que nos complementan, que aportan lo que no tenemos. Nos obliga a salir del refugio de quienes nos dan la razón y adentrarnos en el terreno incómodo –pero fértil– de compartir. Dorothy Leonard Burton (Harvard) lo resume bien: la innovación nace cuando reunimos equipos diversos, cuando abandonamos la comodidad de la “cámara de eco” y aceptamos el riesgo de vernos cuestionados. Si quieres crear, si quieres innovar, hay que tensionar, aceptar que podemos no tener la razón.
Hannah Arendt recordaba que la política existe porque convivimos personas diferentes que necesitan acordar. Pedro Arrupe añadía que integrar la diversidad no es un adorno, sino la condición mínima para construir algo común. Dicho así, parece obvio, pero la historia demuestra que no siempre lo es.
En los años cincuenta, José María Arizmendiarrieta llegó a un Mondragón humilde y golpeado por la escasez. Su manera de trabajar fue sencilla y radical a la vez: escuchar, comprender y reunir a un pequeño grupo de jóvenes, cada uno con su carácter, cada uno diferente. Les formó para hacerse cargo de lo que muchos consideraban imposible. De aquel puñado de personas surgió un comienzo nuevo, una forma de cooperación práctica que acabaría transformando el entorno.
Algo similar ocurrió en Bilbao y en el conjunto de Euskadi, a finales de los ochenta. En medio de una crisis industrial que parecía no tener salida, y con la memoria cercana de los enfrentamientos en el puente de Deusto, la ciudad eligió un camino distinto: pasar de la confrontación al acuerdo. El Plan Estratégico de Bilbao reunió a instituciones y empresas, grandes y pequeñas, alrededor de la tarea común de imaginar un futuro compartido. También entonces se abrió un inicio.
Hoy volvemos a encontrarnos en un punto parecido, aunque más complejo. Vivimos en medio de una crisis global y local que se superpone a un clima político en el que la polarización se ha convertido casi en un estilo de vida. La paradoja es inquietante: cuanto más urgentes son los retos –climáticos, tecnológicos, sociales–, más tentación tenemos de encerrarnos en trincheras ideológicas que nos impiden ver al otro como un aliado posible. La política, en lugar de ser el arte de acordar entre diferentes, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo para amplificar la distancia y hacer inviable cualquier proyecto común.
Pero la fragmentación no resuelve nada. Y la historia de nuestro propio territorio demuestra que los grandes saltos se han dado cuando hemos sabido cooperar, cuando hemos sido capaces de crear sentido compartido y de construir valor público junto a otros. No se trata solo de sumar fuerzas, sino de reconocer que los desafíos actuales –la transición energética, la cohesión social, la revitalización económica– necesitan miradas cruzadas, inteligencias combinadas y proyectos que nazcan de conversaciones reales.
Tal vez el mayor aprendizaje de estos tiempos sea precisamente este: que la cooperación no es un ideal abstracto, sino un modo práctico de enfrentar el mundo. Y que, como en Mondragón o en Bilbao, basta a veces con un pequeño grupo de personas distintas que deciden empezar. Porque los inicios –los que de verdad cambian las cosas– siempre nacen ahí: en la Cooperación.l
Miembro de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa