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Lisboa, el arte de enamorar al viajero

Señorial y humilde, melancólica y alegre, clásica y moderna. Con su ambiguo galanteo, la capital lusa engancha sentimentalmente al visitante hasta amarla para siempre, como si fuera un primer amor al que anhela ver en su ausencia

Lisboa, el arte de enamorar al viajeroATL

La primera vez que hice un viaje a Lisboa fue hace muchos años, destino que he repetido después con bastante frecuencia. Necesito volver a ver esta melancólica ciudad para mitigar la saudade –profundo sentimiento de nostalgia, añoranza y melancolía– que siento si paso mucho tiempo sin pasearla, sin olerla y sin escuchar el peculiar y amoroso acento de sus hablantes.

La lectura de autores lusos como Eduardo Lourenço me hizo brotar ese nostálgico sentimiento que late en todo portugués que se aleja por un tiempo de su tierra o de su gente: “En realidad, no sentimos saudade; es la saudade la que nos posee, lo que nos convierte en su objeto. Inmersos en él, nos convertimos en otros. Todo nuestro ser, anclado en el presente físico, desaparece repentinamente”. Así es la intensidad de esta transformación psicológica que uno experimenta convirtiéndose en “otro”. Es decir, la saudade toma el control de tu vida y pasas de ser sujeto a ser el objeto poseído por el recuerdo o la ausencia del primer amor.

Entrada a la Estación de Ferrocarril, con sus puertas en forma de herradura.

Algo muy parecido me sucedió cuando me sumergí intensamente, a través de mis viajes y las lecturas de E. Lourenço y F. Pessoa, en la nostalgia profunda de la cultura portuguesa y el anhelante deseo de recuperar de nuevo el contacto con Lisboa. Un estado en el que la memoria y la emoción anulan tu conciencia del presente y el pasado se vuelve más real que el entorno físico que te rodea. Sin embargo, ahora, mi saudade va desapareciendo al cruzar el Puente 25 de Abril y atisbar el panorama de las siete colinas lisboetas, sus casas de tejados rojizos, y su luz azul atlántica, aquietando completamente mi nostalgia. Con este elevado ánimo, decido de nuevo redescubrir la Lisboa que ya conocía y amaba. Y que pide ser acariciada.

Elevador de Santa Justa.

Arco de Rua Augusta

Un programa para el lector que quiera visitar detenidamente la capital lisboeta puede muy bien empezar por el Chiado y el Barrio Alto, que conforman el cogollo más culto, mestizo y sofisticado de la ciudad. Partiendo de la Plaça de Comercio (escenario de la revolución de los claveles) y atravesando su impresionante Arco de Triunfo, se llega por la Rua Augusta y al elevador de Santa Justa. Una interesante estructura neogótica que une la zona Baixa con el Chiado. Allí aparece la bulliciosa Plaça del Rossio, el centro neurálgico de Lisboa, donde casi siempre apetece tomar un pringado (cortado) o una cerveja (cerveza) sentado en algunas de sus placenteras terrazas. Cerca de aquí no puedo evitar entrar en la Estación de Ferrocarril, con sus hermosas puertas en forma de herradura. Visitar una estación de ferrocarril despierta siempre una serie de emociones que suenan a nostalgia, romanticismo, y despedidas y reencuentros. Me alejo después, para pasear por las calles de Carmo y Garrett, llenas de locales con solera, diseñadores, y tradicionales restaurantes como el Sinal Vermelho (Gaveas, 89), cuya especialidad, pulpo con almejas y el plato típico bacalao à brass son dignos de saborearse.

El Arco de Triunfo ya impresiona si lo ves desde la calle peatonal más concurrida de la capital, y si subes a este icono urbano, disfrutarás de una panorámica excepcional de la ciudad, que es como tenerla a tus pies. Unas vistas impresionantes de la Baixa de Lisboa y del Tajo. El Arco simboliza la fuerza de Lisboa tras la furia de la tierra, del fuego y del mar que la consumieron en el terremoto de 1755. Y dice, en latín, “Las Virtudes de los Mayores”: evocando las conquistas del pueblo portugués. En el monumento se pueden observar las esculturas de historia del país que personifican la gran epopeya marítima lusa. Sin embargo, es difícil no sentirse inspirado hoy por otros valores y los derechos humanos. Al margen de esta reflexión, girando 360º puedes ver lo mejor que tiene Lisboa.

La Torre de Belém.

Torre de Belém

Pero la Lisboa contemporánea, informada y culta te acompaña en esta noble zona. Así, cuando llegues, no pierdas ni un minuto en buscar los elementos más icónicos de la ciudad. La historia puede leerse en los edificios y en las calles; las épocas dejan su testimonio en los grandes edificios. Los famosísimos Jerónimos y Torre de Belém no son lo únicos. Añade a todos estos motivos una costa con espacios verdes y una atmósfera única; varias marismas y clubs de vela; y un carril bici donde el aire puro del mar compite con la belleza de las vistas. Merece la pena calzar zapatillas deportivas y descubrir Belém despacio, al sabor de las plazas y de los jardines, de los cafés y los restaurantes que salen a tu paso. En Belém hallarás el sitio donde poder tomar la cultura portuguesa condensada en estado puro.

Entre la Baixa y el Barrio Alto se ubica el barrio más bohemio de Lisboa, el Chiado.

Castillo de San Jorge y Barrio de Alfama

Otra visita imprescindible es la del Castillo de San Jorge, ubicado en la colina más alta de la capital, y a la que se accede con tranvía. Desde esta atalaya se divisan imponentes panorámicas de la ciudad de las que no es fácil apartarlas de tu vista. Desde las del Barrio Alto a las del mar Tajo (aquí el río parece ya un mar), pasando por las de sus dos imponentes puentes: el Vasco de Gama, de 17 km. y el del 25 de Abril. 

La ruta a seguir desde el Castillo de San Jorge no es otra que la del Barrio de Alfama. Se trata de un barrio popular, muy visitado por los turistas por su pintoresquismo y por la oportunidad de escuchar el melancólico canto de Portugal.

El Arco del Triunfo.

El Fado, icono de la ‘saudade’ 

Bajando hacia la Catedral por sus angostas callejuelas e intrincadas escalinatas, se encuentran pequeños restaurantes –sin lujo alguno, eso si– pero con mucho sabor local. En ellos se asa pescado fresco, marisco, y frango (pollo), que se acompaña de vinos blancos del Alentejo o el Algarve. Por la noche se puede cenar al son del fado, el melancólico canto portugués, pues es en Alfama donde se ubican las más típicas Casas de Fado y sus cantantes más genuinos.

Este género musical surgió como una forma de expresar las emociones más profundas y melancólicas de la vida. Las tabernas y los cafés de Alfama y otros barrios humildes de la ciudad, como Mouraria y el Barrio alto de Lisboa fueron los lugares claves para el desarrollo del fado.

La saudade es el núcleo temático del fado. Se canta con la guitarra a la melancolía, la nostalgia, la pérdida, el anhelo y la resignación ante un amor ausente o una vida triste. Se canta en absoluto silencio, en un ambiente íntimo y respetuoso, para escuchar el desgarro emocional del cantante. Etimológicamente fado proviene del latín fatum (destino) y su lírica refleja, en efecto, la profunda fatalidad de aceptar el dolor de las circunstancias de la vida.

La celebración de la Exposición Universal de 1998 cambió la faz de Lisboa. Un evento que permitió que a Lisboa le llegara su hora de proyección internacional. El viejo barrio industrial a orillas del río se transformó en el Parque de las Naciones. Ahora es la mejor zona de ocio de los lisboetas. En medio de una arquitectura impresionante, hay un gran Centro Comercial, parques, restaurantes, teleféricos para recorrer la orilla del río Tajo, y un Oceanario considerado el mejor de Europa. Cada verano es, además, escenario de festivales de música. Lisboa no deja ya a nadie indiferente. Es una ciudad para pasearla, saborearla y hablar con desconocidos para sentir que a tu regreso sólo pienses en volver a verla algún día...