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En la Ruta del Vino Ribera del Duero, las brasas con las que se asan las chuletillas son sarmientos de la misma viña que produce el vino de tu copa. La cocina y la bodega nunca se han separado porque nunca han necesitado hacerlo. La gastronomía logra reunir a la mesa lo mejor de ambos mundos.
El lechazo asado en horno de leña de encina es el plato que define el territorio. Cordero de menos de 35 días, cocinado a fuego lento hasta que la piel queda crujiente y la carne se desprende sola. Su Indicación Geográfica Protegida garantiza el origen y el proceso. No hay atajos.
Pero hay mucho más que lechazo: embutidos como la morcilla y el chorizo, quesos de oveja, setas, sopa castellana y carnes de caza forman parte de un recetario que cambia con las estaciones. En otoño, cuando los bosques de la zona soriana se llenan de boletus, níscalos y setas de cardo, la cocina de la Ribera adquiere otro carácter, más oscuro, más intenso, más cercano a la tierra. El congrio a la arandina, con azafrán, receta popular de Aranda de Duero y Peñafiel, o el bacalao al ajoarriero completan una mesa que sabe exactamente de dónde viene. Y que sabe también qué vino necesita para cada ocasión.
La Ribera del Duero no se queda en la tradición. También explora las posibilidades de sus productos locales y la creatividad de sus cocineros. Taller Arzuaga tiene una estrella Michelin. Casa Florencio y el Restaurante Aitana cuentan con Plato Michelin. La Casona de la Vid acumula el BIB Gourmand. Cumpanis Casa de Comidas y el propio Taller Arzuaga suman Soles Repsol. Son reconocimientos distintos a una misma idea: la cocina ha evolucionado sin perder sus raíces con la tierra.
En una misma comarca puedes comer chuletillas a la brasa de sarmientos en un asador de pueblo y, al día siguiente, sentarte a una mesa con estrella Michelin que reinterpreta esos mismos sabores con otro lenguaje. El territorio lo permite porque la materia prima lo sostiene.
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Muchas bodegas de la Ribera han convertido esa unión en experiencia. Abren sus puertas para proponer maridajes diseñados con sus propios vinos, donde cada plato responde a una copa concreta y viceversa. Otras abren sus cocinas para talleres donde el vino entra como ingrediente, y no solo como acompañamiento. Y otras simplemente ponen una mesa larga entre barricas y dejan que el ambiente haga el trabajo.
Las formas de vivirlo son variadas: desde escapadas de fin de semana de catas para parejas a salidas en grupo o visitas a bodegas para después deleitarse con una cocina que rinde homenaje al territorio, empleando ingredientes de cercanía y temporada.
En junio, las Jornadas del Lechazo de Aranda de Duero añaden una cita concreta: un plato que define el territorio, un vino de la comarca y todo el tiempo del mundo
En la Ribera del Duero, una comida sin vino y un vino sin mesa son dos cosas incompletas. No porque lo diga ninguna guía, sino porque el territorio lo ha construido así durante siglos. La copa y el plato nacen del mismo suelo y juntos cuentan algo que por separado no pueden contar.