Gordes es uno de esos antiguos pueblos que sorprende a todo visitante. No en balde tiene el honor de ser poco discutido si es o no el más bonito de Francia. Encaramado en lo alto de un cerro y rodeado de enormes valles y viñedos es como un compendio de lo que es la región de Luberon, el corazón de la Provenza.
Desde muy lejos se percibe ya su pintoresca silueta, ante la que es preciso frotarse los ojos para convencerse de que lo que ves no es un decorado cinematográfico. Pero cuando llegas a ese pétreo pueblo has de rendirte a sus pies. No queda otra. En lo más alto, el castillo es su majestuosa tarjeta de visita. Con sus fuertes murallas, fue durante siglos una de las vigías de la Provenza.
Pero al ascender por sus angostas callejuelas te sorprenden sus románticas casas. Algunas, construidas en medio de extrañas aberturas. Lo pudo comprobar este autor cuando Bernard S., uno de sus escasos vecinos, salió a la puerta de su casa y me invitó amablemente a visitarla.
El impacto fue mayúsculo: sus habitaciones tienen poco que envidiar a las de un hotel de cinque etoiles. Lo único que las diferencia es que algunas de sus paredes pertenecen a la propia roca de la montaña. Je suis hereux ici entre roches (Soy feliz de vivir entre rocas) se ríe el afortunado propietario (¿Y quién no?, pienso yo para mis adentros). Pero este vecino no es el único que te da la bienvenida. Cualquier habitante con el que te cruzas en sus estrechas callejuelas sientes la obligación social de saludarle y entrar en conversación con él.
Pese a su belleza, Gordes está lejos de un turismo masivo por lo que conserva intacta su autenticidad y la de sus anfitriones. Una muestra de ello es su gastronomía. En Gordes se puede degustar aún la tradicional, exquisita y casera cocina provenzal. Ofrece varios platos típicos y sería una pena no probar una vez allí, por ejemplo, unas anchoas con verduras frescas de temporada. O cualquier variedad de carne con alioli propuesto por el restaurante del pueblo y acompañado por un vino rosé de Luberon. Y, si viajas allí durante el invierno, déjate tentar también por una lucha de trufas y otros platos típicos, cualesquiera que te ofrezcan, aunque tú no lo sepas pronunciar.
Con arte
Este romántico pueblo es también el guardián del espíritu artístico. Son numerosos los pintores que han marcado historia en este incomparable entorno: Marc Chagall, Pol Mara, Victor Vasalery por no citar sólo los más conocidos. Estos artistas –como ahora haría cualquier viajero actual–, se dejaron envolver por la voluptuosidad de uno de los pueblos más bellos de Francia.
Muy pintoresco hoy, pero también reflejo de tiempos más tumultuosos cuyos lugareños han tenido que adaptarse a esta naturaleza generosa, pero a veces, hostil. Los pueblos no surgieron por casualidad en la región de Luberon, sino por la necesidad de desempeñar el papel de centinelas estratégicos para proteger sus recursos naturales.
Bories, hábitats trogloditas
Bories, por ejemplo, son cabañas de piedra seca fabricadas sin ningún aglutinante o mortero, construidas sin argamasa y pared de la Plaga para refugios temporales. Son numerosos en el norte de Luberon, aislados o agrupadas por 4 o 5 en un recinto de ambiente seco alrededor del horno de pan. Sirvieron de refugio para el pastor o el campesino que debían pasar unos días o semanas en las remotas tierras del pueblo.
El hábitat troglodita está tallado en la roca. Tiene la particularidad de que las rocas están apiladas unas sobre otras y se mantienen unidas gracias a la técnica de la bóveda de voladizo.
Estos refugios humanos muy básicos y variados se remontan a la prehistoria y fueron habitados hasta el siglo XVI. Algunas de estas cabañas antiguas han sido rehabilitadas dando una mezcla de modernidad y autenticidad que nunca deja indiferente al visitante, que cree vivir por unos momentos en el túnel del tiempo. La excepcional arquitectura de piedra seca les ha valido a estas cabañas ser declaradas Monumento Histórico.
El poblado de Bories, a un kilómetro escaso de Gordes, constituye hoy en día un notable testimonio del modo de vida provenzal de los siglos pasados. De hecho, es un auténtico museo de la vida rural, en el que se pueden encontrar viviendas, apriscos, hornos de pan y cubas de vino. Pero también objetos y herramientas del pasado. La historia habla.
Estas viviendas ancestrales en el campo, llamadas también en francés bastides, son caseríos, típicos de la región del Luberon, y se organizan en dos partes: la primera sirve para vivir con una sala común, un almacén y habitaciones. La segunda se utilizó para ubicar los animales y las típicas herramientas para desarrollar la actividad agrícola.
Estos grandes edificios están acompañados de anexos, graneros, cabañas más pequeñas y palomares. De acuerdo con su disposición, estas bastides son casas en el suelo, casas con patios o casas con torres. Hoy, la parte que se usó para los animales a menudo se arregla para completar la zona para vivir.
Las casas en lo alto forman los pintorescos pueblos colgados de las colinas. Bastante estrechas, en varios pisos permitieron proteger a los animales en la planta baja y los ocupantes entraron a las salas de estar por una escalera exterior.
Este modelo de cabaña es una pequeña casa de piedra de factura modesta. Por lo general, plantada en el medio de los campos y los viñedos, que se utilizó para proteger al agricultor que vigilara sus cultivos o durante la trashumancia. El palomar es un verdadero símbolo del conocimiento de los campesinos. Alrededor de un centenar de ellos salpican las afueras de aldeas aisladas en un terreno o parte de una casa de campo o castillo.
Como todo lo que importa en la vida, visitar este poblado troglodita transforma el viaje a Gordes en una obra de arte.